La historia en clave materialista. Otra introducción al pensamiento marxista

Anteriormente publiqué dos artículos a modo de introducción a la filosofía marxista (la primera y la segunda parte), así que espero que el tema ya no les resulte tan esotérico. A pesar de esto, creo que vale la pena adentrarnos un poco más en la concepción materialista de la historia y la manera en que ésta describe a la sociedad, para así aclarar las dudas que pudieron haber surgido. En esta ocasión, me enfocaré concretamente a analizar el apartado “Historia” del primer capítulo de La ideología alemana de Karl Marx y Friedrich Engels (el dúo dinámico del comunismo).

El primer paso será mostrar cómo, para estos pensadores, todo estudio de la historia debe partir del estudio de la producción material que sostiene a la sociedad, pues ésta, la producción material, no sólo permite la continuidad de la vida humana, sino que determina las relaciones sociales que se desarrollan en ella.

El surgimiento y desarrollo material de las sociedades

Marx y Engels describen tres factores que intervienen en el desarrollo histórico de toda sociedad:

  • La necesidad de sostener la vida biológica de los individuos. Es una condición necesaria para el surgimiento de cualquier sociedad el que existan individuos para conformarla, por lo que, a su vez, es necesario cubrir las necesidades biológicas que permitan la vida de dichos individuos (alimento, vivienda, vestido, etc.)

  • La satisfacción de esta primera necesidad. Esto es, la producción misma de los medios materiales que permitan sostener la vida, la producción material de la vida, lo cual representa el punto de partida para el estudio de la historia, “el primer hecho histórico” (Karl Marx y Fredrich Engels, La ideología alemana, p. 28).

  • Crecimiento poblacional y la evolución de las relaciones sociales. Al sostener la vida biológica se crean las condiciones necesarias para la procreación. Al aumentarse la población, empiezan a aparecer diferentes formas de relación social, de las cuales la primera es la familia; y ésta “[…] cuando las necesidades, al multiplicarse, crean nuevas relaciones sociales y, a su vez, al aumentar el censo humano, brotan nuevas necesidades, pasa a ser […] una relación secundaria […]” (Ibid., p. 29).

Así, el crecimiento poblacional trae consigo la necesidad de sostener la vida y la satisfacción de aquella necesidad, lo que nos lleva de nuevo al crecimiento poblacional, acompañado del surgimiento de nuevas y diversas relaciones sociales y necesidades que deben ser cubiertas. Por lo tanto, si la producción material de la vida, que a su vez es la producción material de la sociedad (y el punto del cual debe partir el estudio de la historia), conlleva una determinada forma de relación social, o, como Marx y Engels apuntan, “[…] un determinado modo de producción o una determinada fase industrial lleva siempre aparejado un terminado modo de cooperación o una determinada fase social […]” (Ibid., p. 30), y esto es así para toda sociedad, podemos extraer lo que llamaré la tesis materialista-histórica: “[…] la ‘historia de la humanidad’ debe estudiarse y elaborarse siempre en conexión con la historia de la industria y del intercambio” (Idem.).

La conciencia y la división del trabajo

Si la vida social del hombre está determinada por las relaciones sociales de producción, también lo está la conciencia.

La conciencia siempre está ligada al lenguaje, y dado que éste es producto de la necesidad de relaciones materiales entre los individuos para la satisfacción de sus necesidades, de su actuar social, “la conciencia, por tanto, es ya de antemano un producto social, y lo seguirá siendo mientras existan seres humanos” (Ibid., p. 31), o como lo diría Marx en una nota al margen: “Los hombres tienen historia porque se ven obligados a producir su vida y deben, además, producirla de un determinado modo […]” (Idem.).

Es importante notar que la conciencia a la que Marx y Engels se refieren es, en todo momento, una conciencia de algo, no una conciencia pura; es conciencia de nuestras condiciones, de nuestra persona, de nuestros alrededores, de nuestras carencias, etc. Por ello, “la conciencia de la necesidad de entablar relaciones con los individuos circundantes es el comienzo de la conciencia de que el hombre vive, en general, dentro de una sociedad” (Ibid., p. 32). Al crecer la población, esta forma rudimentaria de conciencia se desarrolla para incluir las necesidades que trae la misma expansión poblacional, y con ello nos hacemos conscientes de que es necesaria también la división del trabajo, lo cual responde, en un principio, a razones de orden natural (fuerza física, por ejemplo), pero que, al continuar el desarrollo social, se desarrolla a su vez la división del trabajo, respondiendo luego a cosas como las mismas necesidades (como la necesidad de legislar sobre una ciudad) o las condiciones accidentales, entre otras.

Sin embargo, esto “[…] sólo se convierte en verdadera división a partir del momento en que se separan el trabajo físico y el intelectual” (Idem.). Llegado este punto, la conciencia puede encontrarse con sí misma, tomar conciencia de sí, en contraste a la toma de conciencia de aquello que le es externo, y actuar de manera introspectiva. Es aquí que se le otorga acceso a la conciencia a “[…] la creación de la teoría ‘pura’, de la teología ‘pura’ de la filosofía y la moral ‘puras’, etc.” (Idem.). Esta teoría pura (idealista) cae en una contradicción al encontrarse, naturalmente, alejada de lo material, de lo inmediato y circundante, de las relaciones sociales y de los individuos; por ello que la filosofía idealista se haya equivocado en su interpretación del mundo y no pueda hacer nada para cambiarlo. Esta contradicción en la teoría y la realidad responde a la división que se hace del trabajo, ya que con ella

[…] se da la posibilidad, más aun, la realidad de que las actividades espirituales y materiales, el disfrute y el trabajo, la producción y el consumo, se asignen a diferentes individuos, y la posibilidad de que no caigan en contradicción reside solamente en que vuelva a abandonarse la división del trabajo (Ibid., p. 33).

La división del trabajo acarrea “[…] la distribución desigual, tanto cuantitativamente como cualitativamente, del trabajo y de sus productos; es decir, la propiedad, cuyo primer germen, cuya forma inicial se contiene ya en la familia, donde la mujer y los hijos son esclavos del marido” (Idem.). Esta distribución trae consigo la división de, por un lado, los intereses de los individuos o de familias determinadas, y, por el otro, de los intereses comunes a todos los miembros de la sociedad. Por ello, las actividades que realizamos son para mantener nuestra vida, y, siendo así, no podemos abandonarlas por miedo a perder el sustento necesario. Mientras lo anterior sea el caso, “[…] los actos del hombre se erigen ante él en un poder ajeno y hostil, que le sojuzga, en vez de ser él quien los domine” (Ibid., p. 34).

El comunismo y su carácter internacionalista

Los conflictos que se dan dentro del estado (democracia contra aristocracia y monarquía, el derecho al sufragio, etc., para usar los ejemplos que Marx y Engels nos dan) “[…] no son sino las formas ilusorias bajo las que se ventilan las luchas reales entre las diversas clases[…]” (Ibid., p. 35). Contra todo lo anterior, que, para Marx y Engels, puede ser comprobada por la observación empírica, se opone la idea del comunismo, el cual es el estado de cooperación voluntaria entre individuos que se lleva a cabo en la persecución del bien común, no del individual. Esto sólo se puede dar una vez que se

[…] engendre una masa de la humanidad como absolutamente ‘desposeida’ y, a la par con ello, en contradicción con un mundo existente de riquezas y de cultura, lo que presupone, en ambos casos un gran incremento de la fuerza productiva, un alto grado de su desarrollo; y, de otra parte, este desarrollo de las fuerzas productivas […] constituye también una premisa práctica absolutamente necesaria, porque sin ella sólo se generalizaría la escasez y, por tanto, con la pobreza, comenzaría de nuevo, a la par, la lucha por lo indispensable y se recaería necesariamente en toda la inmundicia anterior[…] (Ibid., p. 36).

Sin embargo, “el comunismo, empíricamente, sólo puede darse como la acción ‘coincidente’ o simultánea de los pueblos dominantes, lo que presupone el desarrollo universal de las fuerzas productivas y el intercambio universal que lleva aparejado” (Ibid., p. 37). Sin que exista una verdadera cooperación internacional, el comunismo, como es descrito por Marx y Engels, es imposible, un sueño inalcanzable que sólo puede servir de patrón teórico para la inspiración del ánimo y la coordinación de esfuerzos en pos de tal vez un día alcanzarlo.

Unas últimas palabras

Quisiera terminar recordando al lector que mi intención es la de brindarle herramientas con las cuales poder articular una opinión crítica acerca del tema tratado. Para poder opinar, a favor o en contra, es necesario saber acerca de lo que se opina. Espero que este artículo haya sido de interés y utilidad, así como los que le antecedieron y seguirán (porque de este tema puedo hablar largo y tendido).

Bibliografía

MARX, Karl y Fredrich Engels, La ideología alemana. Crítica de la novísima filosofía alemana en las personas de sus representantes Feuerbach, B. Bauer y Striner y del socialismo alemán en las de sus diferentes profetas. 5a ed. Trad. de Wenceslao Roces. Barcelona, Ediciones Grijalbo, 1974.

Publicado por

Pablo Valle

Estudiante de filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, Ciudad de México. Director editorial en la revista Callejero, productor y gestor cultural.

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