¿Cómo se lee la soledad? – “El tercer hombre” de Rogelio Laguna (reseña)

Mientras escribo, se encuentra junto a mí el delgado librillo que entre sus setentaynueve páginas esconde las doce ficciones de las que hoy quisiera hablar un poco. El tercer hombre es el título que se ofrece en portada junto al nombre de Rogelio Laguna, maestro en filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México, quien a sus veintiseis años ya puede llamarse el autor de Segunda navegación (2008) y ¿Quién de nosotros? (2013), marcando ésta como su tercera obra literaria.

“Este no es un libro autobiográfico, ni tampoco el tema que me importa abordar es el de la homosexualidad –nos dice el autor en un “Prefacio inútil”. Y sin embargo, tal vez sin querer, he escrito un libro donde la homosexualidad aparece frecuentemente como elemento estético que permite explorar atmósferas que sólo pueden nacer en quienes aveces se sienten realmente solos ante el amor y ante la vida” (p. 12). Y nos debemos tomar en serio estas palabras, pues  si bien las prosas y poesías que nos regala tienen como pretexto narrativo al amor, al sexo y a la proximidad interpersonal, lo que al autor le interesa explorar es la manera en que estas circunstancias pueden funcionar como el contraste que resalta la soledad, la ausencia, la distancia que habita en quienes viven sabiéndose ajenos a lo que les rodea, en quienes la fugacidad de los momentos se hace presente no únicamente como posibilidad, sino como realidad actual.

Ya sea como la conciencia aplastante de un equívoco del que aún se puede escapar en “No me quiero casar”, la historia de Alfonso, quien se hace consciente de su amor por Juan el mismo día en que éste irrumpe en su boda con Leonor para convencerlo de escaparse con él a Oaxaca; ya sea como la profunda melancolía con que nos abandona un exilio forzado por la inminencia de la muerte en “Otro Sócrates”, donde se cuenta el escape del filósofo heleno la noche antes de su ejecución, y que termina por condenarlo a una muy diferente clase de muerte; ya sea como una vida siendo el objeto de las miradas pero nunca el sujeto de los amores en “La hermana de Chucho”, que narra la vida de una abnegada joven que existe para servir al hermano albañil que busca, a su modo, salvarla de los peligros que la rodean, dejándola con nada más que las fantasías nocturnas como escapatoria de la violencia diaria que atisba sólo en destellos y que lo mismo la repele que atrae; lo presente siempre resulta lo más ausente, lo más distante, lo más irreal, ficción que contradice una realidad que pertenece a otros.

¿Quién es el tercer hombre? Tengo claro que yo soy el primero y Carlos el segundo, pero él no tiene nombre, sólo un rostro expresivo que se mimetiza con los pliegues de las cortinas en las que vive.

Quisiera saber la historia, el nombre, el futuro del tercer hombre. (Quiero saber si él está destinado a mí más que tú) (p. 25)

Pero, ¿qué del estilo? A lo largo del texto nos movemos en tiempo y espacio, en nivel socioeconómico y en calidad de vida; nos desplazamos entre lo contingente en la búsqueda de una apabullante experiencia universal que no conoce, ni puede conocer, los corazones en que nace; si bien alguien la puede vivir de uno u otro modo, lo que subyace, más allá de las máscaras con que se reviste, es esencialmente lo mismo. No es necesariamente igual la tristeza con que dos personas lidian, y sin embargo la tristeza es una sola, y el autor no duda ni por un momento en señalarnos este hecho, en forzar nuestra conciencia de ello, en descaradamente invitarnos a ver más de lo que nos presenta.

Tlatelolco, la calle estaba llena de basura, inmóvil. Los edificios amurallaban la visión del horizonte; viejos, sombríos, verdaderamente olvidados. Ahí los perros, las ventanas, las cadenas con las que se amarraban las bicicletas para que no se las robaran, eran estatuas perdidas que jamás recobrarían su valor. Ahí me di cuenta que amaba la ciudad, porque está desamparada, llena de concreto, de polvo y de agotamiento. Amaba Tlatelolco porque podía odiarlo. Amaba Tlatelolco porque ahí el mundo se sentía como yo (p. 63).

Sin duda tenemos aquí un libro que merece más de una leída, a pesar de su brevedad, pues si queremos penetrar en el delicado tejido de sus intenciones, hemos de comprender el papel que cada capítulo juega en la construcción de una misma figura del mundo que por clara podemos confundir con una grosera añoranza romántica de amores pasados o con un vacío ensayo literario, cuando lo que realmente ha de importarnos es la manera en que el autor retrata estos aspectos a veces tan ignorados del acontecer humano en cada una de las narraciones que componen la obra, es decir que debemos atender al arte que despliegan las letras más que al argumento que construye la razón, y me complace decir que mi lectura no fue nada menos que un placer que espero con ansias revivir.

No podemos negar que la soledad nos es inescapable por momentos, pero a veces pareciera que podemos encontrar tranquilidad en el hecho de que es así para todos (a pesar de que cada uno la viva a su muy particular manera), no por el morboso placer del sufrir ajeno, sino por la belleza de encontrarnos unidos aún cuando no sentimos más que la separación.

Publicado por

Pablo Valle

Estudiante de filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, Ciudad de México. Director editorial en la revista Callejero, productor y gestor cultural.

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