Bajo la mesa

Por Ian González López.

What is love? It was just a game We’re both playing and we can’t get enough of.
–Kings of Convenience.

Entré al café dispuesto a esperarla. Sé que ella tarda en llegar cada que nos vemos, pero yo siempre he tenido la inquietud de ser puntual, de sentarme a la mesa o tocar el timbre en el momento en el que el segundero marca la hora exacta del encuentro. Coloqué mi saco en la silla y me senté.

–¿Le ofrezco algo de tomar?

–No, gracias. Espero a alguien.

–Estoy a sus órdenes para cuando guste ordenar.

–Gracias.

Era difícil saber si sería larga la espera. Alrededor había parejas veraniegas, oficinistas bien vestidos, creativos con sus macs, jóvenes que veían sus teléfonos. También esperaban.

Saqué mi moleskine del bolsillo de mi saco y la dejé abierta en la mesa con una pluma fuente al lado: “uno nunca sabe cuándo puede llegar la inspiración”, era mi nueva frase repetible. Tenía algunas anotaciones, frases sobre el mar, el café; lo que sea que pudiera generar una imagen aprovechable. Ahora no podía escribir. Todo parecía demasiado común, muy cotidiano, qué buena historia podría sacar de aquellos personajes tan normales en el café.

Como ya era costumbre, llevaba un libro conmigo. Después de cinco sonetos sobre el amor, alcé la mirada y la vi a media cuadra. Quieta, como si aguardara el disparo de un agente secreto hecho por algun fotógrafo amateur; se había detenido. Su estilo tenía la naturaleza de un cálculo espontáneo y sutil: botas gastadas, mallas oscuras, vestido negro y una chamarra de mezclilla deslavada.

Garabateé algo en mi libreta mientras se acercaba a la mesa.

–¡Hola darling! –dijo con una sonrisa. Una capaz de enamorar al embajador de Australia, al director de cualquier editorial o al rey de Francia, ésa que usaba con todos los meseros cuando les preguntaba “oye, ¿y tú qué me recomiendas?”.

–¡Hola! –contesté–. Qué gusto me da verte.

–Sabes que a mí igual –sacudió su cabello chino y castaño mientras se sentaba–. Así que, ¿un café francés?

–Sí. Ya sabes, recomendación de un amigo –sus dientes todavía se encontraban cubiertos hasta la mitad por sus labios, una boca de pinceladas suaves.

–Suena bien –aquel rostro tenía una cualidad de atemporal, de simbolismo oculto–. ¿Tú ya sabes qué pedirás?

–Creo que un café irlandés –era la única manera de tomar alcohol en un café a las once de la mañana–. ¿Tú?

–No lo sé, a ver qué tienen –volteó. El mesero no tardó en llegar a nosotros.

–¿Desean ordenar?

–Sí. Un café irlandés para él –señalaba como si fuera un niño imaginándose en un western, tenía una mano de pistola–. Y, hmm… ¿tú qué me recomiendas? –lo vio a los ojos.

–Pues, tenemos el café au lait —dijo con su mejor francés–. Es un favorito de nuestros clientes;  la  energía  del  espresso  desvanecida  con  dulce  leche,  ideal  para  un  miércoles  por  la mañana.

–Un café au lait, s’il vous plait —hizo su pequeña mordida de labio.

En  el  fondo  sonaba  algún  estudio  de  Chopin.  El  mesero  se  retiró  con  la  imaginación iniciada, se preguntaría quién era esa chica, por qué vendría conmigo, si la mordida que parecía inocente era tan astuta como él creía, incluso si le gustaría el late que iba a preparar su compañero.

Ella dijo que el lugar era ameno y que le gustaba la decoración, no entendía por qué el amarillo se supone que genera ansiedad, a ella le encantaba estar entre esos tonos vivaces, pasearse en la vida de colores. Ella también observaba a las demás personas, una fascinación lideraba su vista a través de éstas, sus ojos podían ser caleidoscopios que a la vez transformaban la realidad y desplegaban patrones hermosos. Llegaron los cafés.

Siguieron algunas observaciones, me contó de los últimos cafés a los que había ido. Uno en el Centro cuyo dueño era un diseñador reconocido, otro en su colonia donde siempre se puede ver al director de un museo platicando con el coordinador de una revista de arte. Qué poco whisky traía mi café; ella me dijo que el suyo estaba bien.

–¿Qué traes ahí? –le di mi libro– ¿Edna St. Vincent?

–Sí, ¿la has leído? –vio la cubierta lisa– Su soneto XLIII es una maravilla.

De un movimiento fino que parecía sacado del ensayo de una obra de ballet, desabrochó su bolsa y sacó unos lentes gruesos. Abrió el índice. Dobló la pierna izquierda y transformó su pie en un columpio. Se fue a la página 57. Leyó: What  my  lips  have  kissed,  and  where,  and  why… El vaivén de su pie dio con mi espinilla. Un golpe con la apariencia de accidental, como cualquier primer encuentro.

–Qué delicia de poema –más golpecillos en mi pierna.

–Es un soneto –los golpes tenían rítmica.

–Uno suave y dulce como la brisa del árbol que describe –el tic-tac de su pie rozaba la mezclilla–. Cuéntame de esta Edna.

Fue en inicios del siglo XXI. Me inventé algunos datos sobre su biografía, que su abuelo era concertista –se inclinó hacia mí–, que tuvo dos amoríos antes de casarse –su mirada fija, luego esquiva, luego lejos– y que ninguno de sus poemas estaba dedicado a su esposo –la mano en su mejilla, interesada–; que la mitad de sus escritos los echó por un río –otra vez su pie– y nunca los encontraron –el tic-tac bajo la mesa–, que no soportó las guerras y dejó de escribir –su pie se detuvo–. Lo que supiera de ella no importaba –ahora el roce era lento–, la historia era inventada.

De su bolso tomó una pequeña caja metálica con un graffiti de Banksy en la cubierta. Qué decir, ni Margot Tenembaum fuma con tanto estilo.

–¿Qué más tienes allí? –apuntó su cigarro a mi moleskine. La levanté, la tomó.

Hay muchas maneras de enamorarse. Julia no conocía ninguna. —Es un muy buen comienzo –bajó la libreta–. Intrigante –sonó el click de su Zippo–.

¿Tú sí conoces muchas maneras? –prendió el Lucky Strike.

–¿Maneras de qué? –exhaló el humo.

–De enamorarte –me vio.

–Ahh, simplemente se me ocurrió y sonaba bien –el cigarro en su boca–. Yo soy de esos románticos que todavía creen en la inspiración– el humo salió hacia la calle.

–¿Entonces es una frase suelta? –bajó la mano derecha.

–Sí, la escribí hace rato. Ya tengo la idea principal.

–¿Ahh, sí? ¿Qué pasa con esta Julia? ¿Descubre a un hombre que le enseña el amor? –sentí su dedo medio en mi rodilla.

–No, para nada, no es tan simple –ahora el índice–. Terminará en que descubre que sí sabía cómo enamorarse –ahora todos, intermitentes–, pero no de los hombres, –otra vez el ritmo–, sino de la vida misma –bajé mi mano–. Se da cuenta de que el amor está en todos lados.

–Como ver a Dios en todas las cosas –me uní al ritmo–, una especie de panteísmo –sus dedos en mi palma–. Pero con el amor.

–Ja, sí –alejé mi mano–, algo similar –acaricié la tela de su vestido.

–No te molesta que fume, ¿verdad? –se inclinó. Pude ver las pequeñas pecas que se formaban a los lados de su nariz, detalles minúsculos que completaban un gesto irresistible–. Yo también tengo la idea de un cuento.

Apagó el cigarro en el cenicero. Tomó otro. Lo encendió. Un gran suspiro con humo. Su mano izquierda permanecía sobre la mesa.

–Será sobre un chico y una chica que se encuentran atrapados; pueden verse y acercarse, y siempre están a punto de tocarse, pero descubren que no pueden hacerlo. Están en una especie de mazmorra –posaba mi mano en su rodilla mientras ella hablaba de su cuento–, encerrados sin saber qué es lo que pasa –nuestras manos se convirtieron en acróbatas–. Al final resultará que él está atrapado en el corazón de ella y ella en el de él, pero no pueden salir de allí para estar juntos –trapecistas, equilibristas, danzantes aéreos–. Es algo muy surreal, todo el escenario gira en torno a esto y la narración será muy desconcertante –su mano se cerró sobre la mía, ahora queda–. El lector será como los personajes, –caricias expectantes– no sabrá lo que pasa hasta que llegue el final –mi mano bajo la suya y debajo su pierna.

–Suena lindísimo. Lindo y atroz –como tú, pensé–. El amor como único obstáculo en la felicidad de una pareja. Love, love will tear us apart, again —tarareé.

Ella rió y apretó más fuerte mi mano. Sus dedos se iban entrelazando con los míos con una lentitud aterciopelada. Con delicadeza, sus yemas recorrían el dorso de mi mano. El espectáculo circense continuó, cesó, de nuevo. Un concierto de nuevos ritmos, roces; las telas y la piel recreados por dedos descubridores.

Salimos tomados de la mano, con las historias que jamás escribiríamos.

Publicado por

Redacción

Esta cuenta representa a la redacción de la revista Callejero, constituida por los colaboradores de la misma.

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