“El imaginador” y el arte de crear mundos

En el mundo actual es importante la reflexión sobre el poder de la imaginación y la reivindicación del pensamiento utópico. La bandera que han llevado los movimientos contra la modernidad (romanticismo, vanguardia, postcolonialismo, etcétera) tiene un mismo objetivo: crear mundos posibles. Con la meta clara, podemos preguntarnos ¿cuáles son los mecanismos para alcanzarla? En este texto, me propongo analizar el cuento “El imaginador” de Ana García Bergua (El imaginador, México, SEP-ERA), el cual considero un texto de vanguardia, entendiendo ésta no como histórica, sino como arte de politización, arte que codifica normas para la  acción.

Ana García Bergua explora en “El imaginador” las capacidades narrativas de la imaginación. El texto desemboca, como un río al mar, de lo real a lo fantástico. En el principio, la visión se centra en la perspectiva concreta, una situación cotidiana: “Ya son varias las horas que llevo aquí en el linde entre este zaguán y la calle, sin poder salir pues la lluvia no para” (p. 9); mientras que,  conforme avanza la narración, la perspectiva abstracta va ganando terreno porque configura el punto de vista desde el cual se enuncia, el agua representa el mundo imaginativo que se establece al realizar el acto creador: “El agua ya me llega a las rodillas, y todas estas personas deberían de salir como hormigas de su cuchitriles, pero sólo hay silencio y el canto de la lluvia que colma el patio” (p. 10). El lector, si acepta como guía al narrador, se dejará conducir por los senderos del texto para llegar al espacio de las ilusiones, en los cuales hay que andar con cuidado, para no perderse.

La imaginación tiene la capacidad de crear mundos posibles porque el sujeto que realiza la acción configura su lugar de manera alterna. Tomemos en cuenta que el acto de crear mundos se lleva a cabo cuando se representan imágenes realistas o ideales. Por lo que la imaginación tiene un alcance estético, pensemos en la mimesis, ésta consiste en la representación de la realidad, que tiene toda creación artística. La literatura crea espacios donde se efectúan acciones, los cuales difieren de la perspectiva objetiva. Nadie podría pensar que la literatura es veraz, ese atributo le pertenece a la historia. La literatura juega con la verosimilitud. La diferencia entre veracidad y verosimilitud es que la primera consiste en la enunciación de la verdad, mientras que la segunda funciona como la apariencia de lo verdadero. De ahí que planteé que la literatura y “El imaginador” tienen la capacidad de representar, pero ¿qué clase de verosimilitud opera en el cuento? Obviamente no es verosímil en cuanto a cuestiones concretas; sin embargo, en el terreno de lo abstracto, la representación de los razonamientos internos es totalmente posible.

La capacidad creadora en “El imaginador” es la protagonista principal. “Llevo tantas horas aquí que no he tenido otro remedio que imaginar para matar el tiempo” (p. 9). Comienza con la representación del espacio desde el cual observa el individuo y, después, crea nuevos espacios que hacen posible el universo del relato. Espacios utópicos o distópicos que son alternativos a la realidad. El acto imaginativo es un acto creador. Si imaginamos podemos ser creadores de nuevas realidades y mundos.

Mas, el acto imaginativo tiene un lado destructor: “Puedo ver cuántos cuerpos yacieron en cada uno, qué hicieron, si alguien lloró solo o frente a alguien que lo hacía llorar, si alguien cenó en la cama, si dos desayunaron juntos después del amor, si tres bebieron y se ahogaron bajo una misma sábana” (p. 12). El sujeto creador poco a poco deja de tener los pies en la tierra y se lanza a la búsqueda de mundos posibles. No obstante, ¿es peligroso dejarse llevar por el río de la configuración de espacios alternos? En mi opinión, es peligroso si el viajero no regresa a la realidad concreta. Si la creación artística se queda en el terreno del sujeto y no actúa en su sociedad, el arte no efectúa su cualidad de formador de normas para la acción. O bien, si intenta actuar en la sociedad sin salir del espacio imaginativo, el fin del ejecutante es quijotesco.

En el caso de “El imaginador”, Bergua lleva hasta el límite el potencial de la imaginación, ya que el individuo (y el lector) no puede distinguir acertadamente entre el mundo de lo real y el mundo de lo fantástico: “A lo lejos, la ciudad ha quedado bajo el agua, ellos parecen haber recibido el aviso, ha sabido de antemano que la lluvia no quiere cesar. Y han encendido fuego. Apenas me doy cuenta de que el edificio brega, avanza por las calles […] Dicen que, con suerte, en un par de días estaremos en Toluca y podremos anclar” (p. 13). Sus textos, algunos complicados y otros sencillos, siempre se encaminan hacia el exceso. Tal vez ese sea uno de los rasgos más relevantes de su narrativa, llevar las historias y a los personajes hasta las ultimas consecuencias. De ahí que encontremos textos metafóricos, textos predecibles, textos oníricos y textos sorprendentes en todo el libro de El imaginador.

Para finalizar, el texto de “El imaginador” nos abre la puerta a los terrenos claroscuros del espacio imaginativo. Ya es decisión del lector tomar o no la guía del pensamiento utópico o distópico que este cuento nos ofrece. Tal vez el futuro del arte, en estos tiempos del escepticismo imperante, sea volver a creer en la vanguardia y en la politización del arte para un mundo mejor.

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