La danza perdida

Gloria contreras
siempre serás bienvenida en todo ritmo.

Cuando la miraba dar una pirueta tras otra, no podía evitar que cada hebra de mi cabello deseara estar jugueteando y elevándose en el escenario. Toda corriente de aire, indiferentes cuando no se hallan entre las paredes de un teatro, impulsaban las ondas de su vestuario al ritmo de sus pulsaciones. Telas anaranjadas expresaban la energía de lo invisible; las notas nos encerraban en la ilusión óptica de la música. La música se veía, se observaba en su cintura enmarcada por su piel estirada por las constantes exhalaciones. Sólo he amado a una mujer a la distancia: ella, la siempre inocente, la nunca conocida, la eterna anónima.

Sus piernas estilizadas eran para mí dos pilares frescos: en ese momento, al inicio de mis estudios en filosofía, nada poseía sentido, salvo las dos ballerinas arrastrando mi entusiasmo. Solía cobijarme en los sueños perdidos y en la pasión secreta del baile: desde pequeña acudí a escuelas de ballet, pero el dinero y un accidente me han impedido estar ahí, junto con la mujer pecosa de la primera hilera.

Me caí desde la litera en el primer departamento que rentamos en la ciudad: mis glúteos y cadera se estrellaron contra el piso blanco. Estaba sentada y percibía mi columna vertebral como un acordeón cuando dos manos lo presionan hasta sacarle todo el aire sonoro, perdí el conocimiento. Se me escapó la oportunidad de danzar. Quizá exagero, ya estaba perdida desde que me vi obligada a interrumpir las sesiones: la única maestra que confiaba en mí y me apoyaba con clases gratuitas tuvo que irse al extranjero, obviamente, a realizar sus propias expectativas. Desde ese entonces, mi cuerpo no ha podido vibrar de nuevo con la misma intensidad.

Por ello, cuando la veo ahí arriba cada fin de semana en las presentaciones del taller coreográfico, observo saltar las ilusiones del futuro. Nunca he dejado de salir emocionada. Se lo agradezco.

Puede que se me juzguen una loca: la bailarina no me escuchaba ni me conocía, pero yo aún así le amo. No es una obsesión, ni el rencor vuelto fascinación. Yo sé que la música no se encierra en nadie, yo sé que las pulsaciones y los tambores del corazón son indetenibles. Mi piel se eriza con su candor. También sé que la melodía insoportable de mis letras y los trazos de aquel dibujante que se ha inspirado se avoca a retratar con viveza la mujer con el tutú girando tantas veces como la punta de su lápiz, viajan por la misma dirección: el estallido de la provocación.

No voy a mentir, ni a exagerar: unos aplauden y se van tras observar un espectáculo más, otros miran la pantalla de su celular mientras las coreografías desaparecen, hay dibujantes, bailarinas jóvenes que vienen a estudiar y criticar las técnicas de las artistas maduras… Pero sí, nadie tan profundamente decepcionada y apasionada como yo: una joven de veinte años que intentó suicidarse tras la pérdida de la movilidad de su torso pero que continúa reviviéndola cada fin de semana entre las filas de los asientos interminables del teatro.

La fugacidad torna la decepción en aliento. Las vendas de hace dos años se han disipado. Ahora camino sin dolor y he retomado el baile: cursos sencillos de tango que se transforman para mí en todo un mundo, en donde he conocido a hombres sumamente apasionados; durante los pocos minutos en que te toman por el hombro y la cintura y te hacen sentir la excitación de la sumisión por el baile, por el cuerpo masculino. Entre mis parejas hallé a otro filósofo, sumamente raro… Oscar es su nombre… No he sabido ya nada de él desde aquella despedida en la Casa del Lago… No porque haya desaparecido, simplemente ha sido la desidia de mi nueva vida: continúo los estudios de filosofía pero ahora bajo la protección de un amante.

Pareja de un nuevo ritmo. La mujer, pienso, jamás termina de danzar, pero no es un montaje nuestro baile, es algo propio de nuestra piel. La gracia femenina es sonora, es visible, moldeándose entre las manos de los otros, de las otras. Bailo cada vez que me toma por la cintura bajo el velo de la noche, danzo cada vez que me rechinan las vertebras por el frío, bailo cada vez que sonrío en las funciones. No hay danza de la que podamos huir…


Por Frida López.

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Redacción

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