¿Qué es un chairo? Guía filosófica para reconocerlos y evitar convertirte en uno

La palabra chairo se ha vuelto parte de nuestro vocabulario cotidiano tan rápidamente que a veces parece imposible concebir un tiempo en el que no la usáramos. No es poco usual que la sección de comentarios de cualquier red social, periódico digital o video en YouTube degenere en el campo de batalla donde, armados con el poder de sus opiniones, los usuarios se traben en una guerra de orgullos haciendo uso indiscriminado de imágenes satíricas (incorrectamente llamadas memes), insultos y argumentos de dudosa validez. Sin embargo, a lo largo de las semanas de investigación en las que preparé este artículo (léase: “el tiempo que perdí en Facebook cuando debería estar escribiendo”), me di cuanta de que resulta en extremo difícil esclarecer el significado de la palabra que nos ocupa, en parte porque nadie (que yo sepa) le ha dado la suficiente importancia como para analizarla a profundidad, y con ella al fenómeno del cual es signo. ¿Por qué deberíamos? después de todo parece no ser más que un tipo de insulto burlón, un término peyorativo (como tantos otros) con el que se intenta desacreditar una ideología particular, una actitud política o un conjunto de prácticas; en cualquier caso, algo carente de valor. Puede ser, pero a lo largo de este artículo pretendo sostener lo siguiente: hay algo más ahí, más allá de la falacia, algo que podría sernos útil para ilustrar una problemática realmente seria al interior del campo político nacional (gracias a lo cual, tal vez podamos hacerle frente), y por ello vale la pena dedicarle un par de líneas. No pretendo que éste sea el estudio serio y detallado que se necesita para esclarecer el fenómeno, sino un boceto general de lo que éste tendría que ser, una especie de sugerencia acerca de cómo deberíamos pensar el problema y los caminos que debemos recorrer si queremos ver las cosas claramente. Acompáñenme, pues, a descubrir qué oculta la chairiza.

Comencemos por el principio y hagamos algunas observaciones sobre el método a seguir: el camino fácil sería simplemente definir el uso cotidiano que se le da a la palabra “chairo”, tomar por suficiente nuestro esfuerzo y usarlo para tipificar de manera general una serie de expresiones; pero este análisis no resultaría en nada de genuino interés, pues sólo estaríamos describiendo una apariencia, una máscara que oculta tras de sí la realidad concreta de un fenómeno que se presenta aislado, sin relación alguna con los sistemas de los cuales es parte necesaria. Así pues, debemos partir de esta abstracción y trascenderla, ponerla en relación con el todo, si lo que realmente queremos es encontrarle alguna utilidad explicativa al término. Para ello tendremos que esclarecer la palabra en su uso cotidiano y constituirla como categoría al interior de una teoría que le otorgue significado, teoría la cual deberá construirse en el proceso (en realidad, ya lo estamos haciendo). No teman, todo se hará más claro mientras avancemos en nuestro propósito.

Aclaremos que no se puede definir al chairo por su posición en el espectro político, por si es derecho o zurdo, liberal o comunista, sino que debemos hacerlo por su práctica política real. Esto dado que, a pesar de que se le identifique de manera cotidiana con cierto estereotipo de pseudoactivista de izquierda, el chairo viene en todos los colores. Un ejemplo que apunta a ello es que cada vez resulte más común encontrarse con la palabra “derechairo” como respuesta a aquellos que de manera injustificada hacen uso de nuestro objeto de estudio para difamar cualquier cosa que remotamente huela a política de izquierda, a pesar de que ellos mismos no entiendan de lo que están hablando.

Esto puede terminar en una inmanejable fragmentación terminológica: ya tenemos la categoría “derechairdo” para designar a la derecha, por lo que el chairo original pasa a ser “izquiercahiro” (como de hecho han empezado a usar algunos), pero ¿esto significa que nos es necesario a su vez un “centrochairo”, un “centroderechairo”, un “socialdemocratichairo”, un “ultraderechairo”, y así ad infinitum si queremos cubrir cada caso posible en que la chairez se haga manifiesta? Nada más absurdo, pues de hacerlo no estaríamos diciendo nada nuevo, solamente se le estaría dando una parcela a cada integrante de la misma familia en un único campo, cuando de hecho ya se encuentran trabajándolo, y, como sabemos, “la tierra es de quien la trabaja”, que en esta metáfora es lo mismo que decir, con Forest Gump, “el estúpido es el que hace estupideces”. Por lo tanto, podemos salvarnos de las complicaciones innecesarias y referirnos a la parte por el todo. Para ello debemos ir desnudando estos términos hasta dejar al descubierto lo común a ellos, lo cual nos permitirá que nuestra categoría recoja el aspecto de la realidad que nos importa.

Iniciado nuestro análisis, lo primero debe ser observar el significado que la palabra adquiere en su uso a razón de intentar descubrir aquello que describe. Permítaseme hacer una hipótesis sobre el origen de nuestro objeto (y no puede ser otra cosa pues, como he dicho, no conozco investigaciones realizadas al respecto) y decir que “chairo” viene de “chaira”, instrumento de acero usado para asentar el filo de cuchillos y otros objetos metálicos. En algún momento de la historia de nuestro lenguaje, esta palabra pasó a significar masturbación (probablemente por la forma fálica de la herramienta y por el sugerente movimiento necesario para su uso), y chairo se volvió sinónimo de “aquél que, a causa de su exagerada frecuencia masturbatoria, ha adquirido cierto tipo de deficiencia cognitiva”; es decir: “el que de tanto jalársela quedó pendejo”. Con su origen en los mitos que rodeaban a la sexualidad, y más específicamente a la masturbación, desde el surgimiento de la moral burguesa hasta que la sexología de la segunda mitad del siglo XX revelase su absurdo, esta idea pasó a ser parte del humor popular que la cristalizó como elemento de nuestra siempre-tan-obsesionada-con-las-funciones-corporales cultura nacional.

Sin embargo, no fue sino hasta tiempos reciente, como ya he mencionado, que “chairo” adquirió su popularidad y significado actuales. Si tuviera que hacer una conjetura, diría que esto fue provocado por una serie de factores dentro de los cuales ocupa un lugar particular el atentado sufrido hace un año (cumplido el pasado 26 de septiembre) en Ayotzinapa, Guerrero, por un grupo de normalistas a manos de miembros del crimen organizado en colaboración con diversas corporaciones policiacas, todo ello con el beneplácito de las autoridades locales y estatales (incluso se ha hablado de la participación del ejército, cuestión que aún no es del todo clara). Sumen a esto los escándalos a raíz de las casas que la empresa constructora Higa (la cual se ha beneficiado por años con numerosos y millonarios contratos estatales) presuntamente regalara a diversas figuras de la política nacional, el despido de la afamada (e infamada) periodista Carmen Aristegui poco después de darse a conocer el caso (gracias al trabajo de su equipo de Investigaciones Especiales) y el asesinato del fotoperiodista Rubén Espinosa (quien se encontraba oculto en el Distrito Federal a causa de la campaña persecutoria orquestada por gobierno de Javier Duarte en Veracruz), colaborador en el semanario Proceso (para quienes la represión y la violencia no son extrañas). No olvidemos la subida del dólar, el encarecimiento de la canasta básica, una tasa de desempleo que cada día se vuelve más alarmante, la maniática Guerra Contra el Narco, el problema migratorio, la crisis ecológica, la corrupción generalizada de la estructura burocrática (de seguir, no terminaríamos jamás); evidencia todo lo anterior de la incapacidad por parte del aparato gubernamental del Estado para desarrollar políticas que favorezcan una vida digna y paz social, y esto nos viene de añejo. Pero, ¿qué tiene que ver esto con los chairos?

Pues bien, resulta imposible negar que México es un barco que se hunde y que todos nos hundimos con él. Esta parece ser una opinión que sostienen tanto la derecha como la izquierda, pero es la segunda la que históricamente ha reclamado para sí una misión transformadora de la sociedad en nombre de los oprimidos y la justicia social. Por ello sería de esperar que reaccionara con medidas que estuvieran al nivel de las circunstancias e implementara prácticas políticas que sirviesen de medio para la solución de estas problemáticas. Por desgracia, la izquierda en México es poco más que una colección de grupúsculos aislados que luchan cada uno desde su trinchera en direcciones muchas veces opuestas, esgrimiendo teorías (cuando las hay) que no parecen reflejar la realidad en que vivimos, y que por lo mismo no tienen posibilidad de traducirse en cambios reales significativos. Todo esto ha acarreado el dispersamiento de las fuerzas de oposición y la futilidad de cualquier movimiento social más o menos organizado, por fuerte que parezca en un principio (basta recordar el fiasco que fuera #YoSoy132, del cual debería escribir en el futuro), reduciendo a movilizaciones de emergencia (que desaparecen tan rápido como surgen) lo que debería ser un frente de acción contínua. Si la esperanza muere al final, entonces la desesperación y el desencanto nacen poco antes, y eso es justamente a lo que asistimos.

Con lo anterior sólo se describe el momento presente de un conjunto de procesos históricos que han tenido como efecto colateral la aparición de un profundo desencanto en una porción cada vez mayor de la población (en su mayoría, jóvenes estudiantes citadinos pertenecientes a la llamada clase media), la cual, harta de incompetencia, ha optado por denunciar todo nuevo atrevimiento de pensamiento crítico como una pura chairada, una pura masturbación mental producto de algún tipo de deficiencia cognitiva y que tiene por signo la eyaculación de actos o palabrería vacíos (llevada a cabo, en su mayoría, por estudiantes citadinos pertenecientes a la llamada clase media) en vistas a descargar sus pulsiones políticas de manera autocomplaciente; en otras palabras: “se creen muy revolucionarios, pero sólo aparentan para sentirse bien consigo mismos… y son unos pendejos” (creo que fueron Penn y Teller quienes dijeron que “al menos cuando te masturbas tienes algo para mostrar al final”). Y no puedo decir que esta evaluación se equivoque, de hecho creo que el desencanto nos ha obligado a ver las cosas más claramente de lo que la misma izquierda se ha permitido, pero en el camino se ha caído en lo mismo que se denuncia: este tipo de opiniones, más allá de realizarse como un ejercicio significativo y significante, son pura palabrería vacua y desesperada; y sin embargo debemos escucharla, porque en ella se encuentra la clave para entender el fenómeno del chairo. O más bien, la clave se encuentra en la intersección entre ambos lados de la tensión, en la vacuedad misma del discurso, en su ausencia de significado, por lo que debemos definir las condiciones en que podamos decir que esto es el caso, y para entenderlo tenemos que explicar el papel del significado como categoría política.

¿Se han puesto a pensar por qué llamamos a las cosas como lo hacemos? ¿Por qué las palabras significan una cosa y no otra? Puede parecer trivial, pero esta trivialidad oculta un proceso a través del cual construimos al mundo que nos rodea a la vez que éste nos construye a nosotros. Imaginemos que al nacer somos un pedazo de barro sobre el que llueve la realidad. En un primer momento, las gotas que caen horadan el material, dándole la forma de un cuenco, y a medida que éste se va llenando, le otorga su figura al agua que contiene, la cual empuja contra las paredes, expandiéndolas, alargándolas, reformándolas; pero así como hay una presión del interor al exterior, hay también una fuerza opuesta que limita la forma que el barro puede tomar. A cada cosa nueva que entra en nosotros le es dada una forma particular, así la realidad se vuelve una imagen de nuestro interior, adquiere el significado que nosotros mismos le damos; pero este contenido es capaz de afectarnos a tal grado que nuestra facultad modeladora se trastoque, y con ella las figuras que produce. Llamemos al barro aparato significante (el cual se expresa racionalmente en un lenguaje, a pesar de que no lo podemos reducir a él), a lo que contiene, materia significada (por lo que aquello fuera del aparato será materia asignificada), y para referirnos a ambos como síntesis usemos el término subjetividad determinada-determinante o simplemente subjetividad. Al respecto quedan por decir dos cosas: 1) como en la imagen del barro, la forma del aparato significante no es estática, pero tampoco cambia libre y arbitrariamente, sino que ésta no puede ir más allá de los límites que marcan un conjunto de determinaciones materiales que le son inescapables (pero significables); 2) la manera en que nos relacionamos con el mundo depende en gran medida de cómo lo concebimos, de la forma que toma la materia significada (¿hasta qué grado? no parece ser claro), por lo que el resultado de significar a lo real no es sólo hacerlo aprehensible racionalmente, sino que así también lo hacemos enfrentable, nos abre la posibilidad de actuar ante ello de modos particulares.

Maticemos las cosas, a la vez que las hacemos explícitas, y digamos que el mundo es lo que es, para nosotros, por la forma en que nuestra subjetividad determina lo real, pero ésta, al ser determinada materialmente, es también singular en tanto que no todos estamos atravesados por las mismas determinaciones (y en concreto, no hay dos personas que siendo distintas una de la otra estén a la vez igualmente determinadas). Es un lugar común que cuando la madre llega a la habitación de su hijo se horrorice por el desorden que encuentra, mientras que al hijo le parece el estado más natural en el que sus cosas puedan encontrarse (al grado de que si ella mueve algo, ese objeto jamás podrá ser encontrado por él). Lo que para la madre es un caos informe, para el hijo es un sistema ordenado donde cada elemento ocupa un lugar particular y conocido, a pesar de que ambos tengan delante el mismo cuarto. ¿Por qué se da esto? porque la síntesis de experiencias, vivencias, recuerdos, conocimientos, condiciones de existencia, etc. (en fin, las condiciones materiales) de un sujeto construyen la subjetividad con la que se entiende al mundo. De esta manera, el hijo, como arquitecto de su chiquero, conocía la ubicación de cada elemento que lo componía y esto le permitía ver orden, pero a la madre, ignorante de tal información, sólo le era posible ver caos. Que una comunidad pueda entenderse depende de la afinidad, de la similitud que existe entre sus determinaciones y las subjetividades que de ellas resulten. Si esto es tan claro cuando tomamos casos cotidianos, se hace aún más evidente si hablamos de teorías, que no son más que aparatos significantes bien definidos y con objetivos particulares que se expresan en sus propios lenguajes (lenguajes teóricos) y que adoptamos de acuerdo a nuestras necesidades; pero, ¿qué sucede cuando algo que tiene la forma propia de un aparato significante es extraído de él y puesto en uno distinto?

Ya que hablamos de teorías, vale que las caractericemos rápidamente diciendo que el objetivo de cualquiera de ellas es enfrentarse (y enfrentarnos) a fenómenos en un modo determinado, y es para ello condición de posibilidad que se signifique a lo real para así poder analizarlo, constituirlo y manejarlo como elemento teórico (como fenómeno propiamente). Como decía antes, el aparato significante se expresa en un lenguaje, y como todo lenguaje debe ser analizado en sus aspectos material y formal (ya se nos debe hacer un hábito). Sirvámonos para ello de una analogía: Un organismo biológico está constituido por un grupo de tejidos y órganos interrelacionados e interdependientes, los cuales se encuentran regulados por una serie de sistemas que mantienen al aparato unido y procuran vida al conjunto. De la misma manera, un lenguaje se conforma por por un conjunto de términos y enunciados interrelacionados e interdependientes (los cuales representan el contenido material del mismo), y por un sistema lógico (o simplemente sistema, que es a lo que llamamos aspecto formal del lenguaje) que regula qué cuenta como un enunciado válido, el modo en que éstos se relacionan los unos con los otros, la manera en que nuevos enunciados son introducidos y derivados, y las condiciones en que pueden ser tomados como verdaderos o falsos; además, en el caso de las teorías, el sistema otorga las propiedades sobre las que se suele condicionar la “vida” del cuerpo teórico, como son cohesión, consistencia y coherencia (dicho sea de paso, existe un gran debate acerca de qué propiedades lógicas son relevantes para una teoría, las que aquí menciono son sólo unas cuantas de las posibles).

Ahora, del mismo modo en que, digamos, un dedo adquiere su carácter de dedo por ser parte del cuerpo (y no cualquier parte, sino la parte a la que convenimos en llamar dedo), e irremediablemente perece al ser cortado, un elemento de la teoría (digamos, un enunciado o un término) adquiere su significado y función significante por ser parte de dicha teoría, y al ser tomado en independencia de ella se le roban ambas propiedades. Lo que nos queda, de hacer esto, es un pedazo de carne que parece dedo y un conjunto de signos lingüísticos que parecen enunciado, pero en ambos casos no es más que la forma lo que nos engaña. Así, separar un enunciado, un contenido lingüístico material, del sistema lingüístico formal que lo constituía como tal, y esperar que continúe sirviendo su función es como esperar que con un engrane baste para convertir el maíz en tortillas cuando falta el molino. Es justamente la función del mecanismo el hacer que sus partes lleven a cabo un fin, como lo es del aparato significante que los enunciados signifiquen algo, pero para ello dependen del sistema lógico que mantiene al mecanismo unido. La dependencia de las partes hacia el todo es fundamental para comprender lo que sigue, que es, finalmente, el regreso a lo concreto y la conclusión de nuestro ensayo.

¿Qué, entonces, hace que el chairo sea chairo? Justamente lo que acabamos de describir, hacer un uso indiscriminado de enunciados propios de una teoría sin el respaldo que ésta misma les otorga, lo que es, propiamente dicho, nada más que repetir palabrería vacua que en otro contexto podría tener un significado. Es decir, el chairo se dedica a regurgitar signos lingüísticos que son propios de modelos de pensamiento, de ideologías, de teorías, sin entender que al hacerlos los roba del poder que lo atrajo originalmente a ellos. Esto es el no intencionado asesinato de toda posibilidad de una práctica política traducible en el cambio sustancial de una sociedad en desesperada necesidad de transformación, en tanto que la práctica necesita de la guía teórica como la teoría necesita de la confirmación práctica; y si tomamos las condiciones en las cuales estamos obligados a vivir como confirmación de algo, esto debe ser de la debilidad que la teoría tiene en su seno. Tal vez lo peor de todo es que con esto se condena al chairo a la reproducción pasiva de los modelos de existencia que tenía por propósito cambiar en tanto que el conocimiento de dichos modelos le es inaccesible a raíz de su incapacidad por significar la realidad de manera adecuada para hacerlos manifiestos, y con ello hacerles frente. Al final del día, las cosas continúan siendo lo que son, no porque sean inamovibles, sino porque se falla en entenderlas, y eso las hace inamovibles. Y no podría ser de otro modo, pues, como he dicho, esto es la desembocadura necesaria de procesos históricos que nos determinan de esta manera.

Entre las etéreas promesas de un mundo mejor y la manera en que sus pocas conquistas se esfuman, pareciera que el castillo de la izquierda no es más que una pila de naipes, y ahora que el derrumbe se nos presenta inminente, la derecha aparece para muchos como la opción ideal en una realidad que nos oprime con toda la fuerza del mercado mundial a pesar de que la esperanza que para ellos representan las corrientes liberales y neoliberales (y ni se diga de las libertarianas) no sea más que un espejismo destinado a evanescerse en la barbarie de la cual son causa irremediable pues la esterilidad les viene desde la raíz. Aquí nos encontramos, precipitados en la historia por un huracán que apila ruina sobre ruina, y ver hacia atrás no es más que confirmar esto como una necesidad. No nos queda más que el desamparo y la resignación ante las realidades concretas que nos determinan materialmente, a no ser que 1) las determinaciones materiales sean significables y 2) la significación permita la acción transformadora, cosa que he declarado antes como verdad (que conveniente, lo se).

Aceptar la derrota es aceptar a su vez el abanico de posibilidades realizables que marca el estado de cosas (la muerte sería entonces la última derrota y la absoluta negación de toda posibilidad realizable), mientras que la vida, como diría Tyrion Lannister, “está llena de posibilidades“, así que debemos pararnos de cara al presente para desenmascarar al futuro como nada más que una promesa a ser rota. Para ello necesitamos encontrar la puerta que nos saque de este camino, pero de no saber leer los signos que la marcan no podremos hacer más que ignorarla, así que debemos hacernos criptólogos e indagar en los significados. Es inaceptable la mera idea de comprar los fatalismo que nos venden como opios seculares, en los “pa’ qué intentarlo si las cosas no van a cambiar”, debemos en cambio reconocer que las cosas no cambiarán si no las hacemos cambiar, pero que la acción sin pensamiento puede ser tanto o más peligrosa que la inacción. He cumplido la promesa de mostrarles al chairo, evitar serlo va de cuenta suya.

Publicado por

Pablo Valle

Estudiante de filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, Ciudad de México. Director editorial en la revista Callejero, productor y gestor cultural.

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