Un colibrí sin labios

Por  Karla Jazmin Sánchez Jerónimo

Probablemente el error más grande fue pensar que la impetuosidad del río bastaría para menguar la corriente inconstante. Es soberbio siquiera imaginar esta analogía, esta sumisa metáfora:

Un colibrí  en búsqueda de sentir algo. Un ave que vivía el desengaño latiendo en cada entraña sangrante. Un pájaro verdeazul que no sabía cómo sentir…las aves más bellas son ésas que sienten la soledad con más fuerza.

Voló hasta que su aleteo vehemente irrumpió el infinito por cansancio; cayó sobre las corrientes impetuosas del río arrogante; odió el dulce de sus aguas; iba en contra de su cauce. Era el diminuto pájaro que se resistió a la corriente furiosa de un río, ésa  que terminó impactándolo con las piedras filosas.

Entonces, sintió  el espasmo inmediato que nace después del desgarre en la piel. Ahora sabía cómo sentir: ahogarse entre las corrientes que chocan, sentir la dualidad helada y caliente de dos bifurcaciones acuáticas.

La pasión del fuego está en el agua. Los abrazos del agua quemaban y sus olas abrasadoras empapaban.

Pronto llegó arrastrado, y sin plumas, al inmenso océano aterciopelado. Miraba los labios del mar casi con impertinencia. Un tritón apareció para sonreír frente a sus heridas, rió con él; hablaba átonamente, movía la boca sin emitir sonido, pronto rechazó su compañía, él asimiló su pobreza, así que  reposó su mejilla rosada sobre su plumaje plateado, respetó el luto de sus ojos que caía para confundirse en la oleada.

El infierno se parece a la costa de un hermoso puerto. Finalmente ¿Dónde desemboca un río?

El averno.

El colibrí, extrañado por su soledad, de repente amó la sal en su diminuto pico mientras relamía sus edénicos labios de ave. Las aves no tienen labios.

Un pez verde añoró su boca. Instantáneamente anheló las pocas plumas azuladas que le quedaban,  ese par revuelto que aún apestaba  a néctar. Entonces, con indecencia lívida miró sus labios llenos de sal –las aves no tienen labios–  junto con su pequeñez y el semblante melancólico.

¿Por qué él olía a viento? ¿Por qué el pez hedía a mar?

“Eres un pez que nada en el agua de arriba”

¿Has visto un pez besando a un colibrí?

La tortuga sí.

Las aves y los peces no tienen labios.

El tritón y la sirena cantaron lo que fue: “un amor marino” decían ;“un coito al viento” juraban.

Era el pez más envidioso del mundo, aquel que consumió las heridas de  un colibrí sin plumas; fue el pez sin labios que besó a un ave sin labios.

Dicen que desplumó su cuerpo después de un engaño repentino, sueñan que la espuma arrastró su cadáver a la costa, dicen que la arena lo cubrió junto con los cangrejos, pero ¡Qué demonios saben ellos de la llamarada en el agua!

Yo vi cómo ambos mutaron en viento, presencié cuando los dos nadaron hasta volar en los campos, puedo asegurar que se amaron, que sus almas evaporaron el mar a ratos; ambos se sangraron de amor debajo de las olas.
Al principio no valoró la bravura del mar, ni del océano profundo que se vuelve vehemente ante la más mínima turbación, de su soledad azulada y la bellísima sensibilidad de sus peces.

El infinito terminó en los labios espumosos del mar.

Un colibrí no requiere un río, necesitaba un océano. Amaba al pez que, receloso, guardó la eternidad de los vientos en sus ondas.

El beso impactado en su espuma.

Publicado por

Redacción

Esta cuenta representa a la redacción de la revista Callejero, constituida por los colaboradores de la misma.

Deja un comentario

Loading Facebook Comments ...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *