Consuelos populares

No puedo aún procesar mi codependencia hacia la tecnología. El viernes pasado mientras transbordaba en el ajetreado metro Pantitlán de la línea café, Ciudad de México, me robaron mi celular. El lugar estaba más concurrido de lo común. Pese a que me había levantado más temprano no pude evitar el “gentío” que se acumula en las mañanas. Mi regla no sirvió de nada: “Entre más temprano, menos gente”. Sólo así logré darle la razón a mi holgazán vecino, quien sale temprano a media calle con una cerveza en la mano para burlarse de las personas a las que nos considera aburridas y sometidas al trabajo. “No por mucho madrugar amanece más temprano”, nos dice. Sabias palabras para la postura en la que me hallaba. Siempre me habían inculcado la contraparte: “a quien madruga, Dios lo ayuda”, pero la comencé a poner en juicio porque, al menos, ese día no había aplicado en mi vida personal.

Lamentablemente, ese día me tocó vivir en experiencia propia lo que les suele pasar a otros mexicanos en este tipo de transporte. Por fortuna, se trató de un robo elegante y discreto, pero a la orden del día como lo son también los robos violentos. Después de tal acontecimiento, sólo me vinieron a la mente expresiones de uso popular para consolarme de una distracción que me hizo perder muchos archivos que jamás respaldé. En apariencia, para varias personas, se trata de un simple celular que se puede sustituir por otro, pero, para muchos estudiantes como yo, “el horno no está para bollos”. Y me identifiqué con “camarón que se duerme, se lo lleva la corriente” porque tampoco puedo tomar el papel de víctima ante tal hecho al haber sido en gran parte mi responsabilidad al llevarlo en la bolsa delantera de la mochila que colgaba en mi espalda.

En definitiva, la frase que describió más la situación fue “a Chuchita la bolsearon”, una frase de uso muy popular que tiene dos orígenes de acuerdo a la tradición: “Chuchita” era una alcohólica que desperdició en su vicio el gasto que sus patrones le habían proporcionado para la comida; en la segunda versión, Chuchita toma este dinero para ayudar a los más necesitados. Sin embargo, la excusa era la misma: “me han bolseado”, una manera vieja de referir un robo o asalto. A Chuchita le creyeron las primeras veces ese pretexto, pero con el tiempo decidieron ya no encomendarle la tarea de hacer las compras. La tradición de esta frase quedó consagrada cuando algún otro empleado les intentaba mentir porque los patrones inmediatamente decían: “y no me salgas con que a Chuchita la bolsearon”.

Me sentí identificada con Chuchita, pues puedo decir literalmente que “a Dianita la bolsearon” y, si me volviera a encontrar ese sujeto, le diría un par de frases como: “oiga joven, no hay que ser”, “‘tá viendo que la niña tiene hambre y le quita el pan” o “¡hijo de “@#%&, devuélveme mi teléfono!”.

Sin duda, el uso de este tipo de expresiones nos ayuda a sintetizar un consejo, hacer más práctica el habla, amenizar y jugar con la ira. El lenguaje consta de una parte lúdica (como los refranes, chistes, dichos) y una sociedad refleja su cultura a partir de la diversidad que ofrece su lengua. En primera instancia nos parecen frases de uso muy cotidiano y no reparamos en que hay algo más que un uso práctico: hay toda una tradición, formas de vivir y de concebir el mundo. Por eso, muchos satanizan el hecho de que ya no se utilicen con frecuencia los refranes, porque existe ese miedo a la muerte de una cultura, pero cabe resaltar que mientras se pierden unas, se ganan otras formas de expresión, las cuales cada generación produce, innova e inventa, y allí radica realmente la riqueza lingüística de cada cultura.

El uso del lenguaje cotidiano evoluciona a la par de la sociedad y retrata un aspecto de la vida en un lugar y momento determinado. Precisamente, lo destacable del uso práctico de la lengua consiste en que no permanece estático, es decir, las expresiones de vanguardia, “las que están chick” o “en onda” hoy, mañana pueden resultar obsoletas o en otro momento resurgir con un concepto retro. Así pues, en esta cuestión de construir frases, refrases y expresiones… ¡a darle que es mole de olla!


Artículo realizado en coautoría con Miguel Solís Gaspar.

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