De palabrejas y significados: El diccionario, el libro que lo sabe todo

 Hace un par de días, mientras revisaba el Clave. Diccionario de uso del español actual, un libro de gran formato y amplitud, no pude evitar leer el prólogo que Gabriel García Márquez escribió en 1997 para dicha obra. Desde las primeras líneas se relata el primer acercamiento que el escritor colombiano tuvo con el libro que le cambiaría la vida: el Diccionario de la Lengua Española.

A los cinco años, el abuelo del pequeño Gabriel, quien en su afán por conocer la diferencia entre “dromedario” y “camello”, le enseñaría no sólo el significado exacto de cada palabra, sino que además le presentaría al único libro que “no sólo lo sabe todo, sino que es el único que nunca se equivoca”. Para García Márquez el diccionario se convirtió en un amigo inseparable que además de desentrañar la ontología de las palabras resultó ser  un libro fundamental en su quehacer literario.

Mi primera experiencia con un diccionario no es tan grata como la relatada por Gabo. En mi caso el diccionario se convirtió en un temible enemigo de mi espalda, ya que durante mis primeros años de primaria éste fue un instrumento fundamental y obligatorio en mi vida académica. La profesora de mis primeros cursos no perdonaba el olvido del mamotreto, por lo que si te arriesgabas a ir a la clase sin dicho elemento te esperaba un fuerte y escandaloso regaño que era preferible evitar para así no dañar la sensibilidad y el recuerdo infantil, que a la larga ­-como dicen los psicólogos- termina por crear supuestos complejos de personalidad. A pesar de que algunas veces odié con toda mi alma al diccionario, debo confesar que las ilustraciones que contenía mi Pequeño Larousse eran lo que más disfrutaba a la hora de buscar una determinada palabra.

El diccionario es un libro voluminoso al cual se recurre cuando se tiene una duda con respecto a la escritura o el significado de una palabra. Los hay de varios tipos; algunos son de sinónimos y antónimos, otros más ayudan a los estudiantes de una lengua extranjera en sus duras tareas de traducción, y otro puñado se especializa en términos de una materia específica, como la electrónica o la filosofía. Sin embargo en esta ocasión hablaré de la historia del libro gordo al cual recurrimos cuando tenemos dudas sobre nuestra lengua madre: el Diccionario de la Lengua Española elaborado por la RAE.

La mayor parte de las veces cuando recurrimos al pesado volumen poco nos detenemos a pensar en cómo se hicieron los primeros diccionarios y a quién se le ocurrió tan formidable idea

En la actualidad el desarrollo de la tecnología nos permite consultar el diccionario en su portal electrónico, lo que nos ha hecho la vida más sencilla; incluso existen diversas aplicaciones para celular que evitan enfermedades y afecciones del espinazo causadas por el peso del tan citado ejemplar. Gracias a nuestros dispositivos ya no tenemos que sufrir como Atlas o el Pipila por cargar con el grueso volumen en nuestra espalda. No obstante, soy de las personas que prefieren el sufrimiento, y de manera estoica cargan con los pesados libros empastados, ya que en ellos puedo tocar y oler las finas hojas del compendio de la lengua española, algo que jamás podré hacer en la pantalla táctil de mi celular.

La mayor parte de las veces cuando recurrimos al pesado volumen poco nos detenemos a pensar en cómo se hicieron los primeros diccionarios y a quién se le ocurrió tan formidable idea. Es evidente que el hombre necesitó acumular su saber en hojas que le permitieran preservar el conocimiento; en el caso de las palabras la esencia que de cada una de ellas se capturó a través de su verdadero ser: su significado.  

En este artículo recorreremos varios siglos de cambios lexicográficos, los cuales nos reflejan el desarrollo por el que el diccionario de nuestra lengua ha tenido que pasar para convertirse en lo que hoy en día es: toda una institución del español, pero, ¿cómo se confecciona un libro como éste?

Todos sabemos qué es un diccionario, pero muchos desconocen la ciencia que se encarga de su elaboración: la lexicografía

La elaboración de un diccionario es una tarea compleja y nada sencilla. La realización de un ejemplar de este tipo puede llevarse varios años de preparación, y detrás de una labor como ésta se encuentran varios estudiosos de la lengua, quienes se encargan de recabar los términos más utilizados por los hablantes. Filólogos, gramáticos y literatos se reúnen una vez por semana para discutir las palabras que deberán incorporarse a la nueva edición, con base en sus contextos de uso, o sea las situaciones en las que las palabras son empleadas de una determinada forma. Los corpus, que son los materiales tanto escritos como orales, que se utilizan en esta tarea proceden de textos literarios, periodísticos, científicos, etc., así como de entrevistas provenientes de los diferentes países hispanohablantes, esto con el propósito de analizar los diversos vocablos empleados tanto en el ámbito culto como en el popular.

Los confeccionistas del diccionario se enfrentan a problemas como la no incorporación de palabras de reciente uso (por ejemplo ciertos términos empleados en el campo de las redes sociales: crush, selfie, outfit, meme, hipster, etc.), al tema del machismo que muchas feministas han rastreado en la lengua, la supresión de algunos acentos que han sido motivo de polémicas (como en el caso del adjetivo solo y el adverbio sólo en donde la RAE recomendó que para evitar la confusión se utilizara la forma solo en ambos casos), o la moralidad que hay detrás del lenguaje, basada en la idea de que existen buenas y malas palabras. Lo cierto es que reflexionar acerca de los problemas a los que los lingüistas se enfrentan a la hora de hacer un diccionario debería de permitirnos analizar los cambios que nuestra lengua ha experimentado para satisfacer las necesidades de sus hablantes.

Todos sabemos qué es un diccionario, pero muchos desconocen la ciencia que se encarga de su elaboración: la lexicografía. Tradicionalmente la lexicografía ha sido definida como “arte o técnica de componer léxicos o diccionarios”, definición que ha sido mal vista por estudiosos de la lengua como Emília Anglada Arboix. No obstante, además de tener un objetivo práctico como lo es la elaboración de dichos libros, posee un estudio teórico conocido como metalexicografía, el cual se centra en la historia del léxico, la investigación con respecto al uso, así como la crítica y descripción de los diccionarios. El verdadero interés de la lexicografía es la palabra y la codificación de ésta. Como dice Pedro Álvarez de Miranda en las conferencias que dictó sobre dicho tema (y a las cuales me referiré más adelante), “el lexicógrafo es como un entomólogo que en lugar de cazar mariposas recolecta palabras, para después exhibirlas en los diccionarios”. La cacería de las palabras sólo puede lograrse a partir de los textos, mismos que se presentan ante nosotros como testimonios de uso. El diccionario, por tanto, vendrá a ser un testimonio secundario.

Para resumir la historia de la lexicografía me basaré en las conferencias De Nebrija a la Academia y De la Academia a Manuel Seco, dictadas en 2014 por el filólogo español Pedro Álvarez de Miranda, las cuales nos ayudarán a comprender el largo proceso de la formación y el desarrollo del léxico de la lengua española, una tarea por demás ambigua que se ha desarrollado a lo largo de varios siglos de historia.DRAE_1

Los primeros antecedentes del diccionario y de los lexicógrafos se sitúan en los glosadores de la Edad Media, quienes eran monjes y gramáticos que se encargaban de hacer notas aclaratorias a palabras latinas que se marcaban en los interlineados o márgenes de manuscritos latinos. Estas notas se conocieron con el nombre de Glosas, las más populares son las Glosas Silenses y las Emilianenses. Los Glosarios, a su vez, fueron colecciones de Glosas, los cuales fueron de dos tipos: monolingües y bilingües. Los primeros contenían palabras latinas explicadas en latín, mientras que los segundos eran palabras latinas traducidas al español.

Posteriormente apareció en Sevilla en 1490 la obra de Alfonso Fernández de Palencia (1423-1492) conocida como Universal Vocabulario en latín y en romance collegido. Cabe señalar que éste no fue un diccionario de la lengua española, sino más bien un diccionario latino monolingüe con su traducción al romance. El objetivo de esta obra fue el de mejorar el uso del latín.

Posteriormente el sevillano Elio Antonio de Nebrija (1441-1522) reunió sus curiosidades gramaticales y lexicográficas en dos obras claves para el estudio de la lengua. La primera fue la Gramática castellana de 1492, la cual fue la primera obra que se centró en el estudio de la lengua castellana, y además fue el primer libro que abordó las reglas prescriptivas (o sea las normas establecidas para hablar el español de manera culta y correcta) de una lengua romance (que se caracteriza por provenir del latín llamado vulgar, aquél que era hablado por la gente del pueblo a diferencia del latín culto, que era utilizado por la clase instruida y se empleaba principalmente en las obras literarias). En este mismo año también apareció su diccionario latino-español. Dos años después, en 1494, vio la luz su diccionario español-latino, en el cual se puede encontrar la incorporación del indigenismo “canoa”. Se sabe que Nebrija conocía esta palabra porque la había leído en la primera carta de Cristóbal Colón de su Diario de a bordo, de donde tomó la definición del almirante, quien aclara que las canoas son “navetas de un madero adonde no llevan vela”. Los dos diccionarios de Nebrija fueron publicados en un solo tomo en 1503, el cual además de ser un instrumento importante para el aprendizaje del latín, se convirtió en la base de los diccionarios monolingües que aparecieron posteriormente.

El primer diccionario monolingüe del español es conocido con el título de Tesoro de la Lengua Castellana o Española de Sebastián de Covarrubias (1539-1613), que apareció en 1611. El Tesoro de Covarrubias es un libro que contiene definiciones subjetivas: las entradas están acompañadas de experiencias personales, proverbios populares, modismos y locuciones propias de la época en la que el autor vivió, las cuales, hasta cierto punto, hacen de la etimología una actividad disfrutable. La finalidad de Covarrubias fue hacer un diccionario etimológico, ya que de acuerdo con la ideología medieval, que seguía vigente en el pensamiento renacentista, la etimología contenía el verdadero significado de las palabras, y por medio de ésta se podía acceder al alma de las cosas.

Sebastián de Covarrubias, Tesoro de la lengua castellana o española
Sebastián de Covarrubias, Tesoro de la lengua castellana o española

En 1713 se fundó la Academia de la Lengua Española a cargo de Juan Manuel Fernández Pacheco y Zúñiga (1650-1725), institución que además de tener entre sus principales objetivos el “Limpiar, fijar y dar esplendor a la lengua española”, se planteó la necesidad de elaborar un diccionario que superara a sus antecesores. De esta forma se publicaron los 6 tomos del Diccionario de autoridades, un proyecto que incluía la elaboración del diccionario “más copioso que pudiera hacerse”. La idea, aunque ambiciosa, se concretó en un periodo corto de tiempo. El primer tomo apareció en 1726, y trece años después el último tomo vio la luz. El título de Diccionario de autoridades no fue el original, pues en un principio esta obra tuvo un título tan largo que hasta da flojera escribirlo, y no se diga leerlo. Dicho texto se tituló Diccionario de la lengua castellana en que se explica el verdadero sentido de las voces, su naturaleza, y calidad, con las frases y modos de hablar, los proverbios o refranes y otras cosas convenientes al uso de la lengua, y como el título abarca mucho espacio, los autores prefirieron dejarlo en Diccionario de autoridades, ya que se incluía en él citas de textos como ejemplos para describir las palabras, conocidas con el término de autoridades. El libro que más aparece citado es el Quijote de Cervantes.

El texto de la Academia es considerado como uno de los primeros diccionarios modernos, pues aunque no lo parezca, lo descriptivo (que implica el reconocimiento que los estudiosos tomaron en cuenta basado en el uso cotidiano del lenguaje, así como los cambios lingüísticos originados por diversos factores como la geografía, la economía, el nivel socio-cultural, etc.) se impuso ante lo normativo (las normas establecidas por la Academia para hablar correctamente). Si bien, es verdad que en los preliminares de la obra se habla del uso del buen español y se hace mención de autores clásicos, lo cierto es que el compendio fue muy descriptivo, puesto que en él se incluyeron vocablos de provincias de España, e incluso algunos americanismos figuran entre sus páginas. El corpus de este diccionario incluye citas populares, neologismos y gacetas de la época.

En 1780, para sorpresa de todos, se publicó un tomo muy resumido que prescindía de las citas enlistadas en el Diccionario de autoridades. Éste recibió el nombre de Diccionario de la lengua castellana compuesto por la Real Academia Española reducido a un tomo para su más fácil uso. Las reediciones que se han hecho han tenido como modelo a este reducido ejemplar de la lengua, por lo que el gigante volumen de autoridades fue sustituido por esta versión abreviada.

La carencia de un diccionario completo histórico del español ha sido uno de los problemas que más ha aquejado a los estudiosos de la lexicografía

En el siglo XVIII apareció la obra del jesuita Esteban Terreros (1707-1782) titulada Diccionario castellano con las voces de ciencias y artes y sus correspondientes en las tres lenguas: francesa, latina e italiana. La idea de Terreros de crear un diccionario cuatrilingüe surgió de la traducción que hizo del Espectáculo de la naturaleza del francés Noël Pluche. La obra del jesuita se publicó en 4 tomos que aparecieron durante los años comprendidos de 1786 a 1788. Terreros fue un iniciador de lo que hoy se conoce como “lexicología de campo”, pues el autor recogió el léxico de los trabajadores con los que tuvo contacto.

A principios del siglo XX la Academia vislumbró la idea de publicar un diccionario histórico de la lengua española, aspiración que se quedó sólo en el mundo de lo posible y no de lo real, ya que aunque en 1933 se lanzó el primer tomo, y tres años más tarde el segundo, este proyecto se asemejaba más a un diccionario de autoridades que a uno histórico, pues entre las fallas que presentaba se puede mencionar que aceptaba lo del diccionario tradicional, agregando citas que sólo englobaban a autores del siglo XIX, mientras que varios escritores del reciente siglo como Unamuno, Baroja y Azorín quedaban fuera de sus páginas. La necesidad por parte de la Academia de ver realizado su sueño de la materialización de un diccionario histórico hizo que en 1960 apareciera un segundo proyecto para la elaboración de un diccionario histórico, el cual contó con la dirección de importantes filólogos como Rafael Lapesa y Manuel Seco. Por desgracia la publicación de dicho texto se vio interrumpida en 1996. En 2005 se elaboraron algunas partes de un nuevo diccionario histórico de nuestra lengua, del cual, por cierto, algunas partes pueden consultarse en internet, sin embargo al igual que sus antecesores, este esbozo tampoco se concluyó. La carencia de un diccionario completo histórico del español ha sido uno de los problemas que más ha aquejado a los estudiosos de la lexicografía.

En el siglo XX también se planteó la necesidad de elaborar un diccionario de formato pequeño o mediano, que fuera más práctico tanto para su uso como para su traslado.  De esta manera surgió el Pequeño Larousse Ilustrado de Miguel de Toro y Gisbert (1880-1966), publicado en 1912 en París. Éste fue una adaptación del Petit Larousse de Claude Augé. Además de las ilustraciones se incluyen americanismos y al final del compendio se reúne un apéndice que incluye nombres propios. En 1927 apareció el Diccionario manual e ilustrado de la lengua española, el cual fue la versión ligera del diccionario común y además fue una reacción contra el Pequeño Larousse. En este pequeño tomo se eliminaron las palabras viejas y algunas etimologías, sin embargo se incorporaron neologismos que no contenía el diccionario corriente. Esta obra tuvo un formato de tipo “normativo”, ya que a pesar de que incluía extranjerismos, se especificaba con un asterisco las palabras que no debían usarse. En 1950 apareció la segunda edición de este tomo, el cual fue una oposición al diccionario de 1945 conocido como Vox, Diccionario general ilustrado de la lengua española. El responsable de dicho ejemplar fue el lingüista Samuel Gili Gaya (1892-1976) e incluía un prólogo escrito por Ramón Menéndez Pidal (1869-1968) titulado “El diccionario que deseamos”, el cual especifica la necesidad de elaborar un diccionario histórico; proyecto que hasta la fecha no se ha concretado.

Una lengua por tanto es el reflejo de los acontecimientos sociales, culturales, políticos, económicos, etc., de una determinada sociedad

Por último, en la segunda mitad del siglo XX encontramos dos de los diccionarios más valiosos de la historia de la lexicografía española. El primero es el de María Moliner (1900-1981) titulado Diccionario de uso del español, el cual vio la luz entre 1966 y 1967. En los últimos años el interés por la obra de Moliner ha crecido, esto principalmente gracias al artículo que Gabriel García Márquez le dedicó. Es importante aclarar que María Moliner fue historiadora, no filóloga, no obstante su profesión fue la de bibliotecóloga, trabajo que la llevó a pensar en la idea de elaborar un nuevo diccionario de la lengua española. Moliner partió del diccionario de la Academia para crear el suyo, sin embargo la autora en lugar de copiar las definiciones de éste, las reformuló en el suyo. Cabe señalar que el libro de Moliner no se basa en documentación textual ni cita ejemplos reales de uso.

Durante mucho tiempo el ejemplar de Moliner fue considerado como el mejor del siglo, pero en 1999 apareció el diccionario que hasta la fecha ha sido definido como el más completo del español. Éste es el Diccionario del español actual de Manuel Seco (1928). Se construyó con un corpus formado por libros, prensa e impresos que van desde 1955 hasta 1993.  Es el primer diccionario sincrónico del español, pues refleja el estado de la lengua en un momento concreto de la historia, ya que se enfoca en la segunda mitad del siglo XX hasta principios del XXI. Sus principales características incluyen el ser una obra descriptiva y no normativa como las de la tradición lexicográfica; asimismo representa un avance en el conocimiento gramatical y fraseológico de la lengua. Lo único que no ha sido bien visto por los estudiosos del español de América es que este diccionario se centra únicamente en el español de España, no obstante como menciona Álvarez de Miranda, para lograr una buena formulación de estos libros se debe partir de un texto firme y sustentable como lo es el Diccionario del español actual.

María Moliner
María Moliner

La historia lexicográfica del español en México podría tratarse en otro artículo, pues además de hacer diccionarios y estudios trata otros temas como el uso de proverbios y dichos, en donde se podrían incluir los albures como un lenguaje metafórico que alude a la sexualidad, los cuales, por cierto, se caracterizan por un gran ingenio por parte del hablante. De manera general mencionaré que los estudios hechos por parte de Lope Blanch (1927-2002) titulados Norma lingüística culta y Habla popular de la ciudad de México son sólo algunos de los ejemplos que reúne el habla de personas pertenecientes a dos grupos sociales, en donde se puede ver que en el habla popular la lengua se caracteriza por una riqueza léxica, que muestra cómo ésta siempre se encuentra en constante cambio. En el caso de diccionarios específicos como el famoso Chingonario, podemos ver que abarca los usos más famosos del verbo más empleado en el español de México: el verbo chingar, el cual a pesar de que para un mexicano es de lo más común y corriente, a un hablante extranjero puede resultarle una verdadera chinga comprender tantas acepciones.

En resumen se puede afirmar que las palabras nacen y mueren; algunas llegan con los cambios tecnológicos, otras dejan de usarse y comienzan a perder relevancia en el lenguaje, pero lo cierto es que cada una de ellas es el reflejo de la sociedad en la que se originan, pero en sí, ¿cuál es la importancia de los diccionarios? La importancia de estos libros en la vida del hombre va más allá de recabar miles de significados que no siempre son utilizados. Estos libros de grueso volumen preservan la historia y riqueza lingüística, por ello nos muestran que al igual que el hombre, las palabras están en constante cambio, pues son éstas las que dotan de sentido  nuestra realidad. Cada palabra es una huella del momento histórico en el que fue concebida, además de que la incorporación de términos desconocidos a nuestra habla cotidiana enriquecería nuestra expresión y vocabulario, aunque como bien sabemos la mayor parte de cultismos se emplean en las obras literarias. Por otro lado, el uso del diccionario en la formación académica, desde los primeros años, es fundamental para evitar errores ortográficos a la hora de redactar, y también para escribir y usar la lengua con cierta propiedad, esto sin caer en la tradición que ha perseguido a los lingüísticas por años: la discusión entre los usos descriptivos y prescriptivos del lenguaje. Con respecto a este tema tan controversial me parece que en el hablante debe mediar un equilibrio entre lo académicamente aceptado y la descripción del lenguaje en el habla cotidiana, pues es en ésta última en donde la lengua se ha enriquecido mayormente, ya que es aquí donde se registra el cambio lingüístico. Por otro lado me parece que rastrear una palabra en el diccionario es una de las primeras búsquedas de información en la vida escolar de todos los niños, por lo que este primer acercamiento puede ser fundamental para despertar el interés por el conocimiento y la investigación en los más pequeños.

A modo de conclusión basta decir que los diccionarios son una fuente que muestran la vida de las palabras y de las sociedades. Es cierto que algunos vocablos dejan de usarse, otros más se incorporan al español y algunos son discriminados por los doctos de la lengua, quienes se niegan a incluir anglicismos como selfie, crush, bullyin, etc. No obstante estas incorporaciones, en lugar de acabar con la hispanidad como algunas piensan, enriquecen nuestra lengua con la anexión de estas nuevas palabras que han nacido gracias a las redes sociales y al desarrollo tecnológico, palabras que muestran que las lenguas evolucionan y se adaptan a las necesidades de sus hablantes. Una lengua por tanto es el reflejo de los acontecimientos sociales, culturales, políticos, económicos, etc., de una determinada sociedad; porque como bien decía Gabo, “las palabras no las hacen los académicos en las academias, sino la gente en la calle”.

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