Despertares

Un piquete en una de mis extremidades me despertó, aún con los ojos cerrados me rasqué con fuerza; el dolor de la punzada me despertó un poco.

Por la mañana el rasguño había dejado un caminito inflamado de ronchitas, lo observé bien y me pareció extrañísimo, nunca me había sucedido algo así. Nunca  había tenido erupción alguna. Por la tarde empecé a sentir comezón en las extremidades superiores.

Sin ser consciente comencé a rascarme cada vez más; pasadas dos semanas las articulaciones las tenía enrojecidas tal como si hubiera me hubiera tallado en algún árbol. Pasado un mes, la carne casi viva de una de mis extremidades empezó a preocuparme, el color canela de mi cuerpo ha desaparecido.

La comezón aumenta, la fruición al rascarme es inigualable: el mundo se detiene mientras yo estoy en esta ardua tarea de placer y dolor.

Hoy observo que mi carne ha perdido su dureza y se ha vuelto tibia, con este hecho advierto que me encuentro razonando la situación. Mi voz retumba en mi cabeza tal como si siguiera de cerca mis reacciones, como si mis impulsos se hubieran vuelto voces que puedo entender y reconocerme en ellas. Una semana después escucho fuera de mí voces como las mías.

La comezón me ha generado una rutina de mórbido placer, tallarme se ha convertido en un quehacer impostergable.

Mientras me rasco noto que las cosas han cobrado un tamaño que no había visto antes, ya no ando a rastras entre las patas de los muebles, mi piel es de color casi rosa y de una textura delicada, salvo por los tonos rojizos, casi sanguinolentos, de los lugares dañados por la comezón.

Ayer, al amanecer, abrí los ojos, miré el techo; me descubrí reflexionando que nunca antes había podido mirar al techo, mi mirada siempre era al piso que casi podía oler.

Hoy me levanté de la cama, al regresar a ella un impacto terrible me golpeó el pecho y me crispó la mente: descubrí entre mis sábanas dos largas alas color marrón y un par de antenas yacían sobre mi almohada…


Por María Teresa Ortiz Osorio.

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Redacción

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