El editor, el librero y la cultura

Muchas veces tendemos a criticar a los grandes consorcios editoriales con el único argumento de que éstos sólo velan por un interés económico. No niego que esto sea verdad, y tampoco que el panorama de la edición contemporánea mira más hacia una lógica de mercado, pero me gustaría hacer un breve repaso por la historia de la edición a través de dos de las figuras más representativas para la misma: el editor y el librero. Esto con el fin de hablar del papel que tienen ambos como difusores de la cultura y cómo han ayudado a que grandes obras lleguen a nuestras manos hoy en día, a la vez que hacer una reflexión sobre cuál es su papel actualmente.

En nuestra época se entiende por librero a aquella persona que tiene por oficio vender libros sin que exista una especificidad en el término, es decir, un librero puede ser tanto el gerente de una librería grande y de gran prestigio como alguien que se dedique a vender libros por Internet. Respecto a la figura del editor encontramos tres diferentes tipos:

  1. Editor crítico: Restablece la edición original o más acabada de la obra de un autor, para hacer esto registra variaciones en la misma, y además elabora un aparato crítico de la obra. Es decir, en primer lugar se encarga de fijar una versión de un texto (esto en el caso de obras antiguas en las que podamos encontrar más de una variante) y en segundo lugar es quien hace un prólogo, las anotaciones, bibliografía, etc., que se pueden encontrar en obras críticas (por ejemplo las grandes introducciones de Editorial Castalia).
  2. Editor textual: Es el encargado de dar una estructura coherente a la obra, por ejemplo: el tipo de letra, el tamaño de los márgenes, la colocación de elementos extras como imágenes, tablas, entre otras cosas.
  3. Editor-redactor: Es el responsable de que se lleven a cabo todos los procesos editoriales para la conformación de una obra. Desde que la corrección de estilo del texto original sea efectuada correctamente hasta elegir los lugares de venta y distribución.

Si tomamos en cuenta que el libro surge como una manera de preservar los conocimientos, entonces el comercio con estos artículos dio paso a la difusión y, repito, la conservación de la cultura

Si entendemos lo anterior se puede afirmar que tanto el librero como el editor son parte esencial para el libro, ya que es gracias al primero que podemos adquirirlo y al segundo que el objeto se crea. Además, los diferentes tipos de editores crean diferentes tipos de libros, es decir no es lo mismo una edición crítica a los ejemplares de una edición popular. Al mimo tiempo no es comparable la experiencia de venta que nos ofrece una cadena comercial como Gandhi a una librería de viejo en el Centro, ya que las dos ofrecen distintos ejemplares (nuevos en una y de segunda mano en otras), que satisfacen necesidades diferentes. Por si esto no fuera poco, también condicionan otras cosas, como la calidad (sin lugar a dudas no es la mismo una edición bien cuidada y sin erratas de Fulanito que una descuidada y de pésima calidad de Menganito) o los precios, que dependen del lugar en donde los compren (como El Fondo de Cultura Económica contra el Péndulo o el librero de afuera del metro). En otras palabras, estos dos personajes son parte esencial del libro, aunque rara vez se les dé el crédito.

La historia del libro se encuentra completamente permeada de la historia de la edición, y claro, de la de nuestros dos personajes. Un punto clave en la historia para comenzar este repaso es Grecia: los primeros libros se hacían de papiro y tenían forma de rollo, estos se colocaban en cajas tipo cestas o en vasijas de cerámica para  ser vendidos en librerías o tiendas junto con todo tipo de artículos. Pues bien, con el surgimiento del rollo comenzó el comercio librario. Si tomamos en cuenta que el libro surge como una manera de preservar los conocimientos, entonces el comercio con estos artículos dio paso a la difusión y, repito, la conservación de la cultura en un soporte más durable y fiel que la memoria, recurso anteriormente empleado.

Sin la imprenta de tipos móviles, la producción se volvía un trabajo pesado, arduo y muy costoso dado el tiempo de trabajo invertido y el precio de los materiales empleados

Para que un libro saliera a la luz, pasaba por el siguiente proceso: lo primero era que el autor escribiera su obra, después la daba a conocer mediante lecturas públicas de la misma. Uno de los objetivos de estas lecturas era atraer editores interesados en publicar los escritos (cabe señalar que para esta época no existían los derechos de autor y tampoco se les pagaba por la publicación de sus obras). Una vez que el escritor consiguiera a un editor interesado en su obra, le pasaba una copia o el original. El editor (o al menos la persona que ahora podemos llamar así), que en esta época aún no se diferenciaba del librero, se encargaba de crear varias copias en un taller. Los encargados de realizar las copias eran los escribas, quienes en su mayoría se trataban de esclavos liberados o libertos. Después de que se elaboraran los ejemplares, mediante la copia a mano, se procedía a su distribución y venta. Básicamente lo que hacía el editor-librero de la antigüedad era encargarse de la reproducción, difusión y venta de las obras. Con frecuencia estos personajes eran dueños tanto de talleres en los cuales se reproducían los ejemplares demandados como de las librerías donde se vendían.

Con la caída del imperio romano, la producción de libros se vio concentrada en los monasterios. En los más grandes existía una pequeña cámara llamada scriptoria dedicada especialmente a este propósito. En el caso de los pequeños monasterios que no tenían los recursos suficientes para la producción de un acervo propio, tenían que recurrir a los más grandes para conseguir los ejemplares que desearan. Sin la imprenta de tipos móviles, la producción se volvía un trabajo pesado, arduo y muy costoso dado el tiempo de trabajo invertido y el precio de los materiales empleados.

Página con el monograma Chi Rho del Evangelio de san Mateo en los Evangelios de Lindisfarne, ca. 700 d.n.e. Imagen: Wikimedia Foundation
Página con el monograma Chi Rho del Evangelio de san Mateo en los Evangelios de Lindisfarne, ca. 700 d.n.e. Imagen: Wikimedia Foundation

En esta época podemos ver al editor como el director de los scriptoria. Con frecuencia era también el encargado de la biblioteca, es decir que sabía cuáles ejemplares hacían falta o sobraban, mandaba producir o comprar aquellos que fueran necesarios para el monasterio. Los producían si tenían una copia y los compraban si carecían de ella. En algunos casos vendían ejemplares ya fuera a monasterios más pequeños, a personas con un gran poder adquisitivo que podían costearse algunos libros o las primeras ediciones de obras que ya comenzaban a hacer algunos autores como don Juan Manuel quien mandó a hacer a un monasterio una costosa edición ilustrada de su libro El conde lucanor. Además, se encargaba de hacer las últimas correcciones al ejemplar físico y, por supuesto, supervisaba todos los procesos de producción. Para ejemplificar la importancia de los scriptoria medievales haré la siguiente pregunta: ¿Qué hubiera pasado si en la Edad Media hubieran decidido quemar absolutamente todos los ejemplares de las obras de Platón? Afortunadamente, eso no pasó y, al contrario, muchos monasterios se dedicaron a crear varias copias de sus obras; cuando una se dañaba se hacía otra, de esta forma fue como los textos tanto del pasado clásico como de la Edad Media llegaron a nuestras manos.

Durante el renacimiento surge, sobre todo en Italia, la concepción del editor humanista, que fue la que predominó hasta finales del siglo XIX. Éste era, generalmente, un hombre que tenía por interés principal la difusión de la cultura ya sea canónica o que se estaba gestando en su época. Asimismo, su interés no se centraba solamente en la literatura, sino que comenzaron a sacar obras de otras áreas como filosofía e historia, eran grandes bibliófilos. Un ejemplo de esto es el editor italiano Aldo Manuzio, quien sacó ediciones de los clásicos grecolatinos como Aristóteles, Euripídes, Sofócles, Jenofonte y Platón, entre otros, a la par que imprimió a los italianos de su tiempo como Petrarca, Dante y Bembo; asimismo se le atribuye la creación de los entonces nuevos tamaños de bolsillo y la creación de la letra cursiva, itálica o andina. Principalmente lo que los caracteriza es que supieron hacer un equilibrio entre la producción y difusión de obras, y el lado económico. Muchos de los editores que conocemos de esa época fueron también grandes inventores que aportaron mucho a la imprenta entendida como máquina: crearon nuevos tipos de letras, otras formas de encuadernación y mecanismos más rápidos y eficientes para la producción.

Con una lógica mercadotécnica por parte de los dueños de las grandes editoriales, lo importante dejó de ser el contenido del libro y pasó a ser la venta del mismo

Después del renacimiento es cuando se comienza a separa la figura del editor de la del librero. El librero se queda con el papel exclusivo de vender la obra mientras que el editor se va a todos los procesos que hay detrás de la misma. Es ahí cuando el primero comienza a tener una mirada más enfocada al mercado, mientras que el otro aún seguía creyendo en su papel como preservador de la cultura; fue apenas a mediados del siglo pasado que el segundo comenzó a seguir los pasos del librero.

En el siglo XX surge la composición digital gracias a las nuevas tecnologías, y por supuesto después de un largo proceso histórico, lo cual modificó completamente el quehacer editorial, desde los procesos de producción hasta los costos. Hoy día es posible ver ejemplares con una distribución de grandes tiradas, esto tiene una explicación simple que conviene aclarar: con la edición digital pasa algo curioso, entre mayor sea el número de ejemplares que salen, el costo por libro disminuye. Por ejemplo, sale más barato producir un libro con un tiraje de 50,000 ejemplares que uno de 20,000. El problema de ahorrar costos de esta manera es que de alguna forma esos ejemplares deben ser vendidos, de lo contrario implicaría una pérdida, de ahí que sea más rentable editar los famosos best sellers en términos económicos. El problema de esto es que los libros que no son vendidos o cuyos tirajes no se han agotado aún no vuelven a salir a la venta y se quedan ocupando espacio en los grandes almacenes. Tal es el caso de obras especializadas que son compradas por un público reducido o libros de literatura que se quedaron olvidados, y por lo tanto ya no se editan, quedándose los ejemplares a pudrirse en las bodegas. Muchos conocen las tan famosas ventas de libros, o remates, que hace la UNAM cada año, en ellas podemos encontrar libros a precios asombrosamente bajos (de 10 a 50 pesos), considerando lo que cuestan en librerías, debido a que los ejemplares que se nos ofrecen son los que desgraciadamente no se han podido vender y no hay otra manera de recuperar lo perdido (y el espacio en bodega) que rematarlos; es dejar que alimenten a los ratones o prácticamente regalarlos.

10º Remate de Libros Auditorio Nacional. Foto: www.facebook.com/remate.auditorionacional
10º Remate de Libros Auditorio Nacional. Foto: www.facebook.com/remate.auditorionacional

Ahora bien, dicho lo anterior conviene pensar dos cosas: la primera es que el libro tiene dos caras, por un lado es un objeto cultura, es decir, contiene conocimientos dentro de sí y habla de la cultura que lo creó; por el otro lado es un objeto físico y por lo tanto se puede negociar con él, venderlo y comprarlo. A mí parecer la problemática actual es que se piensa el libro como un objeto físico, no importa qué se edite o qué se venda (el contenido de la obra), sino que genere ganancias. Si volvemos a la parte histórica, como dato curioso les puedo decir que una editorial no generaba más del 6% de ganancia neta hasta hace unos 30 o 40 años. No obstante, actualmente se ha duplicado esa cifra. No es que la industria editorial sea un mal negocio, es que es un negocio lento, no se venden 2,000 ejemplares de un libro al día como sí sucede con cosas como el chocolate; con la creación de los best sellers y las campañas de fomento a la lectura las compras han aumentado. Dicho de otra forma, con una lógica mercadotécnica por parte de los dueños de las grandes editoriales, lo importante dejó de ser el contenido del libro y pasó a ser la venta del mismo.

El editor juega un rol importante dentro de la distribución y preservación de las obras, cosa que normalmente no pensamos. Un ejemplo muy claro de esto son los libros de Harry Potter. Como todos sabemos, la escritora tuvo que pasar por muchas editoriales para que al final alguien aceptara la publicación de su trabajo. La rechazaron muchas veces, pero no por ello se rindió. Si dejamos de lado la historia inspiradora y nos ponemos a pensar un poco en otras cosas, me gustaría plantear la siguiente pregunta: ¿Hubieran conocido esta obra si nunca se hubiera editado? A lo mejor si quien se atrevió a sacarla no lo hubiera hecho, la obra no hubiera sido conocida.

El librero debe conocer su mercancía y ofrecerle al comprador no lo que le beneficie a él, sino lo que le pidieron o lo que se ajuste a las necesidades de su comprador, a la vez que sea un ejemplar de buena calidad

Mi primera propuesta es que la figura del editor como difusor de la cultura es la que debemos conservar, el editor humanista. El libro surgió como una manera de preservar información más que como la idea que nos han vendido de un medio que demuestra el poder adquisitivo e intelectual de una determinada persona. Sólo volviendo a encontrar el balance entre el libro como un objeto con el cual se puede lucrar y como un objeto cultural es como podemos cambiar el panorama de la edición actual.

La segunda es que el librero comience a tener una mayor idea de lo que vende y pueda de esa manera ofrecer un producto de calidad al lector. Un ejemplo de lo que digo es que muchas veces me pasa, y no creo ser la única, que voy a comprar un libro y quien me lo vende no tiene idea de qué le estoy pidiendo porque desconoce tanto al autor como el título y el área a la que pertenece. Cuando finalmente lo encuentra me ofrece otra edición, me da Porrúa por Grédos o Grédos por Porrúa (si bien  me va), alegando que “es lo mismo”. No digo que una sea mejor que otra, simplemente que en ese momento una se acopla mejor a lo que yo necesito. Todavía recuerdo con mal sabor de boca como terminé comprando una versión resumida de El conde de Montecristo pensando que era una edición íntegra; claro, quien me la vendió me convenció de ello. Por lo tanto, el librero debe conocer su mercancía y ofrecerle al comprador no lo que le beneficie a él, sino lo que le pidieron o lo que se ajuste a las necesidades de su comprador, a la vez que sea un ejemplar de buena calidad.

Para concluir diré que lo que estos dos personajes deben hacer es pensar en su lector para ofrecerle un buen producto, con esto el comercio de libros (y el mundo de la lectura) será más accesible a quienes estén interesados en conocerlo. El recorrido por la historia nos muestra cómo son parte esenciales de la preservación y difusión de la cultura, es por ello que cabe repensar sus papeles de esta manera para saber hacer los cambios necesarios en el mundo del libro actual. Finalmente, si se me permite decir una apreciación personal, quiero invitar al lector a ser más crítico y exigente, que no se conforme con las opciones que se le presentan, ya que de esta manera el editor y el librero tendrán que verse forzados a satisfacer las necesidades de un lector que les rete a cada instante.

Página. Fotografía digital, 2011. Foto: https://www.flickr.com/photos/noalsilencio/
Página. Fotografía digital, 2011. Foto: https://www.flickr.com/photos/noalsilencio/

Para leer más

CAVALLO, Guglielmo y Roger Chartier (dirs.), Historia de la lectura en el mundo occidental. Madrid, Taurus.
CAVALLO, Guglielmo (dir.; vers. esp. de Juan Signes Codoñer), Libro, editores y público en el mundo antigüo. Guía histórica y crítica. Madrid, Alianza.

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