El retorno

“… el maligno secreto de la ciudad se mezcló con el de las profundidades de su corazón.”
–Thomas Mann, Muerte en Venecia.

“La mejor forma de conocer una ciudad es perderse en ella”. La cita te vino a la mente mientras observabas por primera vez, desde la ventanilla del autobús, la magnífica ciudad de Cuernavaca. La frase,que seguramente leíste en algún lado, resonaba en tu cerebro como una promesa, como una apremiante invitación a la aventura. No percibiste su velada amenaza sino hasta que fue demasiado tarde, cuando ya las cosas habían adquirido el horrible cariz de lo irremediable. Pero en aquel momento, al bajar en la estación de La Selva, te prometiste que recorrerías cada parte, cada rincón, cada una de esas encrucijadas que constantemente asomaban entre la exuberante vegetación que sitiaba a la ciudad por todas partes.

El ajetreo del cambio, la no siempre tersa adaptación a las costumbres de los tíos que te acogieron en su casa, el desconcierto de los primeros días en la preparatoria, ese mantenerse alerta a las múltiples posibilidades que podían surgir de cualquier acontecimiento cotidiano –el cruce de una mirada, por ejemplo– te hicieron postergar tu propósito. Mas pronto se hizo evidente que no habías olvidado en la mudanza el impreciso pero inapelable designio que te perseguía: no hablabas con nadie y a nadie parecía importarle tu presencia. Volviste a escuchar la antigua voz que te susurraba que nada importa, que lo que en verdad vale la pena sólo sucede a los demás, que la vida siempre está en otra parte.

Con resignación asumiste de nuevo esa especie de exclusión. No era tan malo. En cuanto salías de la escuela te dedicabas a vagabundear por la ciudad. Caminabas sin rumbo, te dejabas llevar por la fortuna, por el mismo azar que había trazado las extrañas sinuosidades del lugar. Todo te deslumbraba. Era sorprendente cómo una misma calle podía adquirir, en un brevísimo trayecto, múltiples fisonomías: residencias antiguas, vetustas, de ostentosas fachadas de cantera daban paso, con sólo cruzar la calle, al moderno centro comercial. Un poco más adelante, una hilera de casas sencillas, anónimas en su uniformidad, terminaba abruptamente frente a la profunda hondonada que formaba el cauce de un río. En el fondo, junto a sus aguas, un despreocupado grupo de indigentes lavaba, cocinaba, disponía a su antojo de ese pequeño y enardecido paraíso terrenal.

Así ibas descubriendo poco a poco la ciudad, con el moroso deleite con que seguramente se recorrería el cuerpo de una mujer. Esa idea te gustó. Estas ciudades cálidas –pensaste– son así, luminosas, acariciantes, escandalosas como un fruto abierto; pero también enigmáticas, a veces siniestras. Como una mujer. Te prometiste que alguna vez escribirías sobre eso.

En más de una ocasión, sin realmente saber cómo, tus pasos te llevaron a una peculiar plaza cuyo nombre nunca llegaste a saber. Era más bien pequeña, agradablemente tranquila. Se asemejaba un poco al patio interior de un convento. Estaba bordeada por un muro de piedras y cuatro bancas de hierro circundaban la fuente central que siempre tenía agua. Realmente resultaba perturbador el que partiendo de distintos puntos, a veces diametralmente opuestos –el crucero del mercado, el antiguo puente del ferrocarril, Jacarandas, La Selva– llegaras al mismo lugar. Eso debió ponerte en alerta, pero como no era raro que te “nortearas” en esa extraña orografía, no le diste mayor importancia.

Se convirtió en tu lugar preferido. Ahí el tiempo avanzaba sin sentirlo mientras pensabas, leías, soñabas. Después, desde que apareció por vez primera, verla pasar se convirtió en el principal atractivo del lugar. No sabías si era hermosa o no, no podrías precisar su edad. Parecía una adolescente azorada del cuerpo salvaje que habitaba. Pero te miró con los ojos de una mujer y te sonrió como si formulara una promesa. Eso bastó.

En aquella ocasión, la última en que visitaste la plaza, decidiste actuar. Ya no ibas a conformarte, como lo habías hecho hasta entonces, con ser un mero espectador. No sabías con precisión lo que harías, pero ibas a mover, por fin, una pieza en el tablero. Te sentaste en el borde de la fuente. Cerraste los ojos y esperaste, esperaste, esperaste…

… Ahí venía. Pasó lentamente junto a ti y te sonrió como otras veces. ¿Por qué no le hablaste? Algo te petrificó. Confundido, la viste ascender ligeramente por los escalones de piedra. Después de unos momentos, maldiciendo tu pusilanimidad, decidiste seguirla y buscar una oportunidad para abordarla.

Cuando alcanzaste la avenida ella abordaba un autobús suburbano. Corriste y apenas alcanzaste a subir antes de que el camión avanzara. No supiste qué contestar cuando el chofer te preguntó hacía dónde ibas. “A la base”, balbuceaste. Ya no había lugar al frente, donde ella se había sentado, y tuviste que pasarte hacía la parte de atrás, pero desde ahí podías ver su cabello suelto. No querías perderla de vista. El camión avanzaba dando tumbos hacía la periferia de la ciudad, hacía los numerosos y antiguos pueblos que la creciente mancha urbana había devorado. Observaste las primeras señales del atardecer y eso te llenó de inquietud. ¿Cuánto tiempo había pasado? El servicio de transporte dejaba de funcionar muy temprano en las zonas aledañas a la ciudad. Por un momento pensaste en bajarte, pero en ese momento avanzaban por una zona despoblada y preferiste continuar. Además, de eso se trataba, ¿no? De lanzarte a la aventura.

El autobús se había vaciado poco a poco. Sólo quedaban ustedes dos como pasajeros. En el momento en que irías a sentarte a su lado el autobús se detuvo. Ella descendió. Antes de bajar observaste que en su asiento había olvidado una de las bolsas que cargaba. Quisiste llamarla pero, por alguna razón, la voz no te respondía. La tomaste y fuiste tras de ella pero, como sucede en algunos sueños, tus pasos eran lentos, fatigosos. La seguiste con la mirada para no perderla. Ni cuenta te diste que la noche había caído completamente.

Justo antes de que ella avanzara lo suficiente para perderse, la viste entrar al extraño lugar que albergaba su hogar: cuartos miserables, de ladrillos sin revestir y techos de lámina, se adosaban sin ningún orden a las altas y gruesas paredes del casco en ruinas de una antigua hacienda. Monstruosos insectos que socavaban el interior de un cadáver desventrado.

Te acercaste lentamente –¿qué otra cosa podías hacer ya?– a la puerta por la que se perdió y tocaste con el corazón casi detenido. “Ya voy”, escuchaste la voz cascada que respondía desde el interior. La puerta se abrió y se asomó una siniestra anciana que sonreía con socarronería. “¿Por qué te tardaste tanto? Siempre es lo mismo contigo. ¿Y qué, te piensas quedar ahí paradote?”, te dijo al ver tu estupefacción. “Ya métete”, y te introdujo de un empellón.

Miraste confundido el lugar. Sin embargo, por algún raro mecanismo, no te pareció del todo desconocido. Como si regresaras al hogar después de un largo viaje, tus sentidos fueron reconociendo poco a poco todo a tu alrededor: el olor a rancio, el ruido de las goteras, los muebles raídos y pasados de moda, esos pequeños muñecos de porcelana que adornaban la vieja vitrina pegada a la pared. Sólo tardaste en reconocer, en el rostro del anciano que te veía con gesto horrorizado desde el espejo ubicado en el fondo del mueble, tu propio rostro.


Por Adolfo Loyola Márquez.

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Redacción

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