La estandarización de la necesidad

¿Realmente comprendemos al otro? ¿Es posible garantizar que entre personas de latitudes y épocas diversas se dé auténticamente la comunicación de manera inmediata? Dicho de otro modo, ¿es posible que alguien, colocado en un contexto material distinto del mío, posea los mismos valores, miedos, sentimientos, angustias y afanes de conocimiento que yo, o será más bien que colocados ambos en situaciones harto diferentes, la manera en que aquél que en un primer momento apareció ante mi como mi fiel reflejo posea una perspectiva de la realidad distinta a la mía y que esa sensación de comunicación y entendimiento inmediato no sea más que una convención que yo he asumido?

Durante el curso de Introducción a la Bioética, impartido en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM en las pasadas vacaciones de verano, se proyectó un video sobre el turismo de órganos en Filipinas. Al finalizar la proyección, el ponente pidió conocer nuestras impresiones. Yo comenté lo siguiente:

–A mí me parece que el problema se encuentra en estandarizar la necesidad, es decir, en pensar que aquello que mueve a alguien en Europa que busca un riñón en Filipinas y que puede pagar doscientos mil euros es equiparable a aquello que mueve a una persona a vender por doscientos euros una parte de sí.

El ponente de manera inmediata me respondió:

–Pero vaya que a mí me parece que la necesidad de una persona que está a punto de morir porque no tiene un riñón es la misma que la de aquella que vende una parte de sí para poder sobrevivir un día más.

El diálogo concluyó ahí.

A decir del ponente, los hombres, no importa cuales contextos, experimentan siempre la misma necesidad. Pareciera como si a pesar de las diferentes circunstancias que la rodea, la naturaleza de los hombres permaneciera siempre idéntica e intocada, incólume frente aquello en lo que se despliega. Según este modo de pensar la necesidad, bastaría con limar la accidental corteza histórica desplegada en tiempos y espacios diferentes para encontrarnos siempre con los mismos modos de conocer, de desear y de sentir, es decir, para encontrarnos siempre con el mismo hombre.

Debajo del clima tropical marítimo, del monzón del suroeste que ocurre entre los meses de mayo y octubre, y de las lluvias torrenciales y tormentas eléctricas que se suceden desde julio y se extienden durante cuatro meses debido a los 19 ciclones que entran anualmente en el territorio filipino, y debajo también de los “accidentes” históricos y sociales en los que se ha ido configurando la subjetividad en el país insular asiático, habita, sin mácula alguna desde la llegada de Magallanes, la misma necesidad “humana”.

Debajo de los altos vuelos teóricos y del progreso de la Humanidad defendido por estos elegidos, lo que hay es simplemente un momento que pretende perpetuarse frente al indefectible cambio

Es nuestro deber señalar antes de continuar, que ni la manera homogeneizadora de plantear el problema ni su crítica son algo nuevo dentro del pensamiento occidental. Marx, por ejemplo, en su “Introducción” a los Elementos fundamentales para la crítica de la economía política –los famosos Grundrisse–, a propósito de la explicación económica hecha hasta entonces, ataca el mismo punto que nosotros: las robinsonadas. Las robinsonadas no son para Marx otra cosa que explicaciones que toman como origen de toda actividad del hombre una cierta naturaleza humana independiente y ahistórica a partir de la cual se deducen todas las aspiraciones, metas, deseos e incluso instituciones a lo largo de la historia.

Sin embargo, comúnmente y a pesar de la aspiración universal de este tipo de explicaciones, la naturaleza ahistórica e independiente defendida en las robinsonadas posee –quizá por mera casualidad– rasgos extremadamente parecidos a los del carácter de la sociedad en la que habita el autor. Así, la naturaleza aristotélica indagadora siempre del conocimiento tiene las notas y el aroma del hombre libre griego cuyos esclavos le garantizaban el cómodo ocio necesario para ejercer la actividad teorética; del individuo económico espontáneo de Ricardo y Smith emana un tufo similar al del burgués inglés del siglo XVII; y en el siglo XX, el hombre de la teoría democrática de Robert Dahl está perfumado de manera similar a la sociedad norteamericana del periodo de la Guerra Fría. Debajo de los altos vuelos teóricos y del progreso de la Humanidad defendido por estos elegidos, lo que hay es simplemente un momento que pretende perpetuarse frente al indefectible cambio. Este momento, a fin de cuentas histórico, no es nunca, a pesar de lo que defiendan sus propugnadores, un momento necesario del movimiento universal de la humanidad; por el contrario, es tan solo un momento más que escondido bajo el manto mítico de los conceptos universalizados se resiste a su auténtica naturaleza: el mudar.

Por lo tanto, para abordar el problema que se describe en el diálogo y otros similares presentes en las reflexiones ética, política e incluso estética, es fundamental ir en contra de la postura estandarizante que describimos, la cual, de tanto simplificar el problema en su intento por explicarlo, termina por perderlo de vista y por llenar con suposiciones emanadas de prejuicios inconscientes aquellos lugares necesitados de explicación, y elaborar un planteamiento que asuma que los hombres nunca están aislados, sino que pertenecen siempre a un cierto mundo en el que al producir los bienes necesarios para su subsistencia terminan por producirse a sí mismos, y que, debido a que los modos de producir los bienes son heterogéneos, los significados de cada uno de los signos lingüísticos nunca llegan al interlocutor de manera diáfana e inmediata, sino que requieren del esfuerzo de la traducción. Así, la necesidad que experimenta cada uno será idéntica sólo a sí misma.

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