La magia de un tubo

El tubo de labios es cosa íntima, no se presta y
hace pactos con nuestra piel (es una lencería facial),
con nuestro deseo de camuflarnos, cambiar, embellecer,
simular que tenemos una boca jugosa y palpitante
–Mónica Lavín

El ingenio y la vanidad han caminado siempre tomados de la mano en las creaciones humanas. Durante siglos los colores han ornamentado la piel; sobre todo, la boca de las mujeres. Pintar los labios puede parecer un placer efímero, pero en realidad, es un gusto que se retrata más allá de la piel; es guardar el poder de la elegancia en un diminuto tubo, el poder preservar la belleza en innumerables instantes que difícilmente un hombre no apreciaría.

Al adquirir uno de estos cosméticos por catálogo podemos encontrar la frase: “rouge à lèvres”. Si traducimos literalmente, esto significa: “rojo a los labios”. Resulta tedioso pronunciar tres palabras para referirme a un objeto: un labial que no necesariamente debe ser rojo, pues aunque sea café, rosa, morado, en francés debo pedir un rojo a los labios. Por lo menos no es un enorme sacrificio decir tres palabras en Francia para tener un lindo bilé a comparación de hacer una salsa de molcajete con insectos como Cleopatra lo hacía para obtener un rojo radiante en la boca.

Recordemos que las egipcias extraían los tintes rojos de yodo y bromo, pero tal hecho provocó la enfermedad de entonces: “el beso de la muerte” porque causaban envenenamiento a los amantes que las besaban. Tiempo después, la Iglesia medieval prohibió el uso de pinturas en los labios porque lo consideraban un acto diabólico lleno de hechicería y de prostitución.

Las concepciones del labial fueron cambiando con los siglos. Cada cultura le dio una connotación diferente al maquillaje en general. Para antiguos faraones, ese acto se hallaba lejos de una cuestión vanidosa, por ejemplo, para algunas culturas, el maquillaje era un elemento imprescindible para alejar a los malos espíritus.

Como cualquier objeto en la vida, todo tiene su punto de crisis, y ni en el arte de la belleza hubo excepción. Por ahora, la mayoría de las mujeres ya no se ven atadas a prejuicios en el uso del labial como hace años. El hecho de utilizarlo no nos convierte en prostitutas como en su momento se concibió en Inglaterra; y al contrario, la cuestión de negar su uso no nos hace descuidadas o con falta de elegancia como se pensó en Francia. Actualmente, una barra de labios es un accesorio universal que se ve reflejado desde el cine, la publicidad y en el bolso de uso cotidiano de cada mujer.

El labial ha alcanzado su máximo esplendor, de tal forma que ni nos habíamos cuestionado su pasado para comprar uno. Más que disimular y presumir la gracia de quien lo emplea y ser un objeto comercial, la barra de labios guarda toda una cultura arraigada.

Los labiales hacen maravillas, si no me creen, basta con ir al metro y ver la transformación de una mujer, pues entra con la mirada caída, con unos labios que gritan hastío, pero al abrir el labial, éste hace su tarea por sí solo: dibujar una sonrisa radiante.


Por Diana Laura Aranda Mendoza

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Redacción

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