Mercy

¿Por qué? Si has estado jugando conmigo,

si no me quieres, no hay contestación.

Si me quisieras, sobraría la respuesta.

El Halcón Maltes

Dashiell Hammett

¿Que por qué la mate? ¡Vaya!, habrá que ser ingenuo. No sé si estaba realmente enamorado o no, tampoco si tuve un ataque de celos como todos creen. Solo hice lo que debía hacer.

Ese día la llamé por la mañana antes de ir a trabajar y no me contestó. El pinche teléfono desde donde le marqué se tragó toda la morralla, por eso me tuve que ir caminando al jodido trabajo, luego con esta lluvia que no se quita, peor tantito.

Sabía que yo había tenido en parte la culpa, pero, digo, no era para tanto. Uno tiene sus momentos débiles en ciertas partes de la vida. Esa ocasión me dejé llevar y me perdí en el camino. Aunque como dice mi compadre el gordo: si uno lo recuerda, entonces nada pasó.
Por otra parte, Mercy siempre estuvo al tanto de que yo andaba en malos pasos desde antes de conocerla, algo que en su momento no le importó. El primer día en que no conocimos fue por mera casualidad en aquel bar. ¿Lo recuerda?, el de Insurgentes, ese donde se armó la grande y hasta salió en las noticias, solo que nosotros salimos por una de las puertas de emergencia. Ella con las medias rotas, un tacón perdido y varias cheves encima, en cambio, yo, solamente alcance a tirar algunos cacahuatazos, pero eso sí, con especial dedicación para cierto fulano que ya se andaba queriendo pasar de listo, pero mejor pasó, a la siguiente vida, directo y sin escalas.

Así comenzó nuestra peculiar historia, llena de un sin fin de emociones y sobredosis de adrenalina. Éramos el equipo perfecto: en algunos casos, mi chula, seducía a las víctimas con sus amplias caderas de mujer madura, en otros, utilizaba sus apetitosos y redondos encantos, fíjese que eran casi tan grandes como mis ilusiones, y por ende nadie podía negarle nada, resultaba sencillo enamorarse de ella hasta la locura. Yo hacía el resto, ya sabe, lo de siempre: golpes mecos, pocos bla, bla, bla y mucho za, za, za.

Con ese ritmo tarde o temprano lo nuestro iba a terminar, sobre todo porque ella quería formar una familia común y corriente e incluso adoptar a un perro callejero. Fue en esas fechas cuando me sugirió la idea de un trabajo estable, de esos de ocho horas, que tienen seguro, te dan vales de despensa, y demás chingaderas que dicen ofrecerte para tenerte contento. Lo que comenzó como una sugerencia, luego cómo una opción, al final fue un pinche pretexto para dejar de vernos.

Como sabe, en este oficio no te puedes detener por nada del mundo, ni siquiera por una mujer que pretenda serlo y es que los únicos tropiezos graves que siempre tuve fueron por una dama. Dice el refrán: las mujeres de tu vida al infierno te van a llevar. Por eso es mejor andarse con cuidado. Hace poco me enteré que la mujer de Alfredo lo mató mientras veía la televisión, el pobre vato estaba como si nada, bien quitado de la pena. Ni dolor sintió mi compa, pero eso sí, le volaron todas las ideas que tenía y nada más por andarse paseando con su prima la Rubitch allá por Coyoacán. Dizque andaban bien encaramelados caminando de a trenecito. ¡Chales!

¡No!, no, gracias, ya no fumo. Si me van a encerrar quiero vivir el resto de mis días sin enfermedades, ni achaques. Pues, mire, lic., lo que pasó en mi caso fue que Mercy se puso sus moños, tiró las muñecas, o sea, hizo berrinche y yo, la mera verdad, no estaba para bajarla de su altar. Ya le había pasado muchas, me cae, sobre todo por su madre, un pan de Dios la doña, tan linda, hacía un mole poblano que para qué le cuento, bueno ya hasta se me hizo agua la boca.

Entonces, sigo diciéndole, después de que le llamé a Mercy y me quedé sin un peso en la bolsa, caminé y caminé, me mojaron y me encabroné. Los calcetines de rombos amarillos estaban mojados por los agujeros en la suela de mis zapatos, pero no me importó. Sabía que cerca del trabajo había un puesto de flores, cambiaría mi último billete de la quincena para comprarle unos girasoles y unos chocolates.

Del trabajo hacia su casa era otra hora de camino, por azares del destino escampó un par de horas, justo cuando ya tenía sus flores en mi mano derecha y bajo la izquierda guardaba su caja de bombones favoritos; esos de coco y rellenos con chocolate blanco. Por la hora podía suponer que no estaría aún en casa, así que quise esperarla sentado en la banqueta. Después de toda la odisea tenía que arreglar las cosas de la mejor manera e intentar volver con ella.

A eso de las diez de la noche Mercy llegó. La vi aunque no la reconocí  hasta que me fijé en sus zapatos rojos de gamuza, pues esos yo se los regalé, también llevaba su bolsa de mano con el logotipo mal imitado que decía “Channel”. Venía muy ebria, ya que el tiempo que duró nuestra plática no paró de repetir la muletilla de “y entonces” para reclamarme sobre todo y no solucionar nada. La muy ingrata al final me dijo que no volvería conmigo hasta que no tuviera un “plan B” o que consiguiera, ahora, otro empleo y mejor pagado. ¿Usted cree? Mientras tanto, seguiría saliendo como hasta ahora lo venía haciendo, con varios prospectos dispuestos a mejorarle la vida.

Entenderá usted que yo soy tonto pero no tanto. Las palabras de una mujer matan mejor que las balas de plata. No tenía otra opción, si ella no estaría conmigo tampoco les daría el gusto a otros de disfrutar de lo que yo le enseñé. Cuando estaba por darse la vuelta e irse a su casa, un rayo sonó, y entonces, la lluvia volvió a caer.

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