Nocturna

A Narcisa

Quería disfrutar de su soledad y descansar de aquellos artificiales paisajes sin alma, holográficos, carentes de significado, tristes y huecos. Haber visto al mundo entero cavando en la ignorancia de su fosa, le provocó abatimiento. Fue un ejemplo, pero a nadie pareció importarle, la pequeña flor que con esperanza sus manos sembraban, pisoteada moría bajo las sucias pezuñas de aquellos seres de antropomorfa figura (la especie dominante en el planeta era más sucia que…¿los cerdos?).

Las etéreas y blancas pelusas se desplazaban sigilosas sobre la azulada alfombra, la luz del medio día coloreaba la materia, obsequiando miradas, deslizándose y goteando entre las hojas y las ramas de un viejo árbol, rozando afectivamente a los tiernos duraznos y las flores hasta llegar a la frente del joven, haciéndole parpadear, a momentos. El cariñoso pasto le hacía cosquillas en la espalda suya, mientras la psique, ilustraba algunos episodios felices que en ocasión alguna vivió. Su cabeza sobre un maletín se acomodaba. La tonadilla de los pájaros cortejando le entretenía; apreciar el infinito y sus paisajes hacíanle contemplarse más pequeño que una hormiga. Si él se percibía así, ¿ellas qué opinarían?

Era incapaz de recordar cuándo con tanta conmoción miró a La Natura, sus pensamientos y emociones rozaban a las nubes, un volar distinto, no como el acostumbrado; había una diferencia muy especial que avivó olvidada mueca en su nostálgico rostro.

Extasiado, los ojos cerró mientras su padre, El Sol, descendía por la bóveda celeste tiñendo la realidad de diferentes tonos conforme los pasos que iba dando, y hablando de pasos… alguien merodeaba cerca; él se levantó y miró los alrededores, a unos escasos metros una descalza damisela sonreía, con pulcra seda cubierta. Le contempló y respondió de la misma forma. Ella se sentó a su lado.

-Si continúas roncando tan fuerte, ahuyentarás a las aves, y a las abejas que viven en aquella violácea Colmena.

Él emitió una incómoda risa ante aquel comentario para luego dejarla fluir. Ella le acompañó interpretando la música que sólo el alma puede.

-Para ser las primeras palabras que escucho de ti, me gustan.- Le dijo, mientras entre juegos intentaba taparse la boca.
-Si sonríes no te cubras los labios. Me alimento de las alegrías y déjame decirte que la tuya posee una característica muy particular.
-Gracias, señorita. Me hace sentir bien conocer a alguien que valore un gesto.
-Cuando de la verdad surge, querido, es más que un simple gesto. Es una expresión, un canto, una melodía, un poema…
-Suena tan bello lo que dices, como si lo supiera, pero muy profundamente.-Comentó con desaliento.
-Todos los sabemos, amigo mío. Es nuestro deber regresarle al corazón la vista.- Seriamente pronunció, acariciando la frente de su compañero.
-Eres una agradable persona, puedo percibirlo. Permíteme expresar que tu voz de minueto a mi alma sonroja.
-¡Qué lindo escuchar eso! Antes de continuar e intercambiar más palabras, permíteme presentarme. Mi nombre es Dafné; mucho gusto, extraño muchacho cuyos ronquidos “espantan pájaros”.- Dijo, alegre, extendiendo su mano hacia el joven.
-El gusto es mío, señorita “ahuyenta ronquidos”. Me llamo Tirso .- Enunció de igual modo y sujetándole la mano firmemente.
-Veo que nos vamos entiendo, mi estimado.
-Eso parece, amiga mía.

Hubo un momento de silencio que, de alguna manera, adornó mágicamente su encuentro, avivando ilusiones, despertando sentidos y purezas.

Ella lo contempló y no pudo evitar notar que en sus ojos aún asomaba el ahogo. Se levantó y le sujetó de la mano diciendo:

-Por nada en el mundo me vayas a soltar, si lo haces podrías extraviarte. Te llevaré por un camino que sólo yo conozco.

Él le sonrió y emprendió una aventura a su lado. En el extenso pasaje ella daba algunos juguetones saltos, si las flores aparecían traviesamente, las contemplaba diciéndoles lo bellas que eran, entonaba melodías nunca escuchadas, silbaba junto con las aves e imitaba el zumbido de las abejas.

Llegaron a un Manantial y fue cuando suavemente se desprendieron.

-Este es mi lugar secreto, ¡anda, prueba el Agua!

Tirso se inclinó con temor y contempló cómo su reflejo se ilustraba en aquél manto, juntó las manos y las sumergió sintiendo su frescura, las dirigió hacia su boca y la sed quedó saciada.

-Es tan diferente a la que he bebido anteriormente; te agradezco por haberme traído hasta aquí. La transparencia, el paisaje, el melancólico atardecer que asoma a lejanía. Todo es bello, es un grato regalo. Sin embargo, yo no tengo algo para ofrecerte, decidí volverme vagabundo y errar como un triste poeta buscando su verdad; lo único que traigo es una botella, algunas hojas, lápices y una almohada.
-Faltó mencionar que traes tu pensamiento, tu imaginación, tu ardor, tu Cornucopia, tus anhelos… y ¡esa mochila!- Mencionó con una dulce voz que culminó en melodiosa risa.- Para mí es grato tener tu compañía, aún más para compartirte mis secretos.

Se bosquejaron en los ojos y miraron una vez más su figura esculpida en acuarela. Cuando menos lo esperó, aquella traviesa muchacha le dio un empujón hacia las aguas; ella seguido dio un clavado salpicando la vista, dio unos pataleos y se le acercó.

-No pude evitarlo, espero no haberte molestado.- Expresó con candorosa sonrisa.
-Para nada, ha sido divertido. No podía faltar tu broma.
-¡Y no podía faltar alguien que cayera en ella!
-¡Oye!
-Calma, la próxima vez podrías regresármela.
-Es una tentadora idea.

Durante largo rato permanecieron los cuerpos sumergidos en acuosas poesías; nadando, jugando y riendo. Vincularon sus extremidades y persistieron quietos uno frente al otro; sus ojos partieron desde el rostro hasta sus manos, las sujetó y observó detenidamente, palpó sus formas memorizándolas, sus dedos surcaron sobre la piel, les dio un curioso beso con sus cordiales labios y con amor se despidió. Salieron del sueño y bajo un árbol descansaron.

-Compañera, ¿sabes?, me has compartido tu lugar mágico, me das aliento y regocijo. Quiero hacer algo para ti, un retrato.
-¡Oh! Sería un lindo detalle. Está bien. ¿Cómo debo posar?- Ella danzó de un lado a otro y se sentó frente a él, adoptó una posición, luego otra y otra.- No me decido, ¡ah, ya sé!
-Una perfecta posición, aunque todavía no lo entiendo.
-Déjame, así es como yo quiero posar.-comentó traviesamente, luego hizo unas cuantas muecas hasta quedar seria y expresar con sus ojos la belleza, la exuberante belleza que le cautivó cada fragmento de su ser.- Cuéntame algo, algo que solo tú conozcas.
-De acuerdo, aquí voy.
-Te escucho…
– En la infancia tuve una amiga diferente, charlamos una noche, cuando desperté se había marchado. Yo la llamaba “Nocturna”.- El recuerdo le estremeció y soltó el lápiz para limpiar la viajera lágrima que sobre su mejilla caminaba.- La vez que charlamos fue muy especial, ella escuchó mis pesares y cantó a mis oídos. Era mi amiga, una luciérnaga que apareció en mi ventana, la que brilló en mis manos dejando polvorosos fulgores musicales. La recuerdo aún. En ocasiones pienso que la etapa más hermosa es esa porque el mundo se contempla como un acertijo y el individuo es capaz de asombrarse.

Otro secreto que podría compartirte es que, durante mi estancia en el Puerto Regina, conocí a un viejo sabio que me contó acerca de la existencia de los Híbridos, y en Stradis… Bueno, esos han sido.

Terminó de dibujar y depositó el papel en sus delicadas manos , diciendo:

-Aquí tienes, lo he hecho con mucho cariño para ti, fue trazado mientras te revelaba los enigmas que envuelven mi fragancia.

Ella lo miró detenida y palpó su rostro.

-Es muy bonita… su profunda mirada, su nariz, sus labios… es así como luzco ante tus ojos. La única imagen que tenía de mí era la que aparecía en el arroyo. Gracias, en verdad, es un bello presente, lo guardaré conmigo para la eternidad. Me has compartido lo más significativo de ti, es mi turno ahora (…)

Ella terminó de decirle los suyos. Se contemplaron con dulzor y tenaz abrazo los acobijó, para ese momento el sol ya se había marchado y la Luna alumbraba tenuemente la noche.

-Hemos compartido bellas imágenes. Enseñarte quiero otro lugar; recuerda, toma mi mano y no la sueltes, en esta ocasión podrías ser devorado por los sonámbulos caníbales.- Comentó seria y sin vacilar.
-Sí, no te soltaré, no, no lo haré.- Manifestó con súbito temor.

Avanzaron por el campo anochecido, el viento se sentía furioso y maligno, podía escucharse el crujido de las ramas y las osamentas que yacían en el pasto, pero supongo, lo más horrible, eran aquellos inentendibles murmullos y las violentas carcajadas.

-Ya llegamos, ahora estamos a salvo de ellos.- Hizo a un lado el floral, cortinaje que vestía una cueva y entraron.

Sus ojos contemplaron una obscuridad abismal, el frío desollaba sus almas. De momento, se escuchó un doliente, pero hermoso canto retumbando en la cavidad, convirtiéndola en palpitante víscera, era ella quien armonizaba unas delicadas y frágiles notas, los grillos acompañaron con su dócil contrapunto.

En ese mundo ciego, empezaron a brotar pequeñas luces, como cuando uno mira al cielo y observa los lejanos destellos estelares, pero aquella ocasión fue algo diferente, apareció una primera, una segunda y otra tercera hasta que el vacío quedó repleto.

-Me regalas Luz.- Dijo, con asombro y extrañeza.
-Sí, escucha detenidamente su Aria y déjate envolver por su calidez.
-Dafné, es lo más bello que he presenciado. En verdad, gracias por traerme hasta aquí.
-No me agradezcas. Respecto a los secretos, tengo que decirte uno más, pero antes, debes saber que la infancia no es lo que recordamos, sino que es un estado vivido dentro nuestro. Es la manera de ver el mundo con ojos claros y puros, como la vida que bebiste de la Fuente; es la expresión de un corazón virginal, la música que interpreta tu espíritu cuando dices la verdad y eres feliz, es la creación, es lo más bello que vive en ti.
-Palabras exquisitas para un hombre que no las merece. Sin embargo, agradezco la dicha que me invade.

Ella lo abrazó y susurró suavemente a sus sentidos:

-Este es mi último misterio: no me recuerdes porque no soy una memoria, al igual que la infancia vivo en tu interior y he vivido en él desde hace mucho. Cuando quieras buscarme ve hacia los Bosques de tu alma y encuentra al durmiente Duraznero, ahí estaré columpiándome en una de sus flores, esperándote con una sonrisa para danzar en tus manos e impregnarte de mis polvos, como aquella noche.


Por ED.

Publicado por

Redacción

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