Sodoma ¿Edén perdido?: El deseo y la muerte en “La mujer de Lot”

Lo efímero de la vida y  la certeza de la muerte han sido dos temas muy explorados en los laberintos de la literatura y, en general, en toda manifestación artística. Desde la Edad Mediana con sus danzas de la muerte, pasando por la “vida fugaz” del Barroco, el imperio de la noche en el Romanticismo hasta la actual literatura del narcotráfico y su filosofía de “la vida no vale nada”, todos han dado cuenta de que el ser humano al observar en el cielo la primera luz sabe que sus días están contados, ya que el tiempo como juez implacable nos conduce a la tumba fría.

No hay nada que hacer, cualquier manera de evitar la muerte está condenada al fracaso. Todos caeremos en la trampa que nos coloca la existencia. Sin embargo, en este mundo donde la esperanza aún puede tener lugar, hay textos que nos permiten reconsiderar nuestro dilema más íntimo y apostar por la vida en vez de la muerte. Esta es la premisa del cuento “La mujer de Lot”  (Sólo cuento, Tomo II. México: UNAM, 2011) de Verónica Murguía.

Antes de exponer las reflexiones que despertó en mí la lectura del texto, me permitiré hablar un poco de la apuesta literaria de la autora. Dos rasgos primordiales distinguen a Murguía de otros escritores mexicanos contemporáneos: su interés por la literatura infantil y su escritura mítica plural.

Uno de los fenómenos editoriales y literarios más importantes, en cuanto difusión y experimentación estética, de los últimos treinta años es el, como lo podemos llamar, “Boom de la literatura infantil y juvenil”, la cual a principios de los noventas tiene un auge que ha llegado a un punto altísimo en los tiempos actuales. Muchos autores escriben literatura infantil. Y otros escriben comparten su creación con la literatura para adultos.  En este momento, no me detendré en la disputa de la literatura “sin adjetivos” (para ello les recomiendo leer Hacia una literatura sin adjetivos de María Teresa Andruetto. Argentina: Comunicarte, 2009).

Lo que importa, para efectos del presente ensayo, es identificar a Verónica Murguía como una escritora que escribe para niños, adultos y, entendiéndolo como una totalidad, para el ser humano. Esto es relevante, cómo se verá más adelante, ya que su escritura aborda los problemas fundamentales de los individuos y, sobre todo, de las comunidades. Su escritura habla del ser en su estado primigenio habla sobre el pasado más lejano, del tiempo de los cosmogónicos. Es por ello que, en mi opinión, Murguía escribe retomando temas míticos, y en éstos da voz a aquellos personajes que estuvieron presentes en los hechos; mas no intervienen en las versiones originales, habré la unidad de la mitología a la diversidad de voces y, por ende, una escritura mítica plural.

En el cuento “La mujer de Lot” lo anterior es relevante. El texto narra la destrucción de Sodoma y Gomorra que aparece en el Génesis (19: 1-27). La historia se cuenta desde la llegada de los ángeles a Sodoma hasta la destrucción de la ciudad. Lo interesante es que todos los hechos se narran a través de la voz de la mujer de Lot. Ella enuncia cada acción que ocurre en el relato. Su palabra nos guía en el texto y da una nueva perspectiva sobre la ciudad sodomita, la cual no es una ciudad de perversión sino de deseo. Este es el tema crucial de todo el cuento: el deseo. Veamos el siguiente fragmento: “Yo amaba la ciudad. Hombres nacidos antes que nosotros la levantaron en esta tierra fértil, tan distinta del desierto de donde veníamos, en el que todo anuncia la muerte”. (p. 264).

Existen tres aspectos que caben resaltar en el pasaje anterior y cuya relevancia recorre todo el texto. El primero es la perspectiva de lejanía desde la cual se habla, el verbo en tiempo pasado “Yo amaba” nos sitúa en un punto de distancia respecto a los hechos, éstos ya ocurrieron. El segundo es la manera en que la narradora cuenta la historia, a cada momento parece ser una declaración ante alguien, ante un juicio: “Quise que lo último que vieran mis ojos fuera el lugar en que lo amé, aunque mi corazón estuviera convertido en polvo y cenizas. Por eso me volví”. (p. 275).

La mujer de Lot declara ante todos sus escuchas las razones por las cuales volteó para mirar la destrucción de su amada ciudad. Ella giró por amor, y es allí donde aparece el deseo, pero no un deseo cualquiera sino un deseo de unidad. Aquí sería oportuno citar los diferentes deseos que describe el escritor checo Milan Kundera en La insoportable levedad del ser: “El amor no se manifiesta en el deseo de acostarse con alguien […], sino en el deseo de dormir junto a alguien (este deseo se produce con una única mujer)”. La necesidad y el deseo de ser alguien único se puede abordar desde la muerte y la vida. Los habitantes de Sodoma, según Murguía, eligieron la segunda opción.

En este sentido, no debemos entender la unicidad (la cualidad de ser único) como una forma más del individualismo actual, sino como una manera de hacer comunidad, de estrechar lazos con otros seres:

Cuando Lot y yo éramos jóvenes, y él se tendía sobre mí, la muerte se alejaba, despojada de sus armas, vencida por el peso de su cuerpo tibio. En las primeras noches, mientras en la ciudad otros se amaban al mismo tiempo que nosotros ─y qué benévola y fraternal me parecía esa coincidencia, estar unidos en el gozo con otros de los que no sabíamos ni el nombre─, creía entender para qué había sido otorgada la vida. En Sodoma el deseo y la belleza, efímeros y todopoderosos, son sagrados. (p. 266)

El amor y el deseo construyen la ciudad de Sodoma, pero no sólo al apetito carnal sino también al sentido espiritual. Podemos regresar al fragmento de Kundera para decir que este erotismo “sodomita” sólo funciona en la intimidad, en el borde de la noche y cuando lo único que importa para ser, valga la redundancia, “único” es el canto a la vida porque ésta es sagrada.

El tercero y, último aspecto, que resalta en el cuento es la oposición entre vida y muerte. Para la mayoría de las religiones la muerte es el estado de verdadera espiritualidad. Sin embargo, en Sodoma:

En Sodoma el amor era una religión de la que todos eran oficiantes. […] Esas noches, el templo vibraba con los gemidos de los amantes; la ciudad se convertía en un inmenso palomar, lleno de amorosas aves que zureaban todas a una. Lot no podía tolerarlo. Esas noches alía de las murallas y dormía tendido bajo el cielo helado. Con los años dejó de ir solo por las noches o solo en primavera; ese lugar se convirtió en su refugio en las tardes de todo el año. (pp. 268-270)

Lot se aleja de la religión de Sodoma y de la vida. Elige la muerte porque, a pesar de escapar de la destrucción de la ciudad, se entrega a la religión contraria a la existencia. Se desliga de la comunidad de la ciudad y se concentra en sí mismo. Para él la vida es efímera y banal, la muerte es lo sagrado. Mientras que, su mujer canta a la vida, a la existencia misma, a lo fugaz como lo es el amor y la vida. La única forma de llegar a una autentica unicidad es estrechar los vínculos con otros y romper los muros. Curiosamente, la ciudad de Sodoma se encuentra amurallada, quizás sea una metáfora de que los realmente afortunados eran ellos y no nosotros que estamos afuera.  Tal vez el verdadero Edén perdido fue Sodoma porque allí la vida era lo importante y no la muerte.

En mi opinión, creo que relatos como “La mujer de Lot” de Verónica Murguía nos ofrecen nuevas perspectivas desde las cuales entender nuestro mundo y cómo hacer frente a la violencia actual, ya que se distancia de los cánones pesimistas de la literatura contemporánea y abre otra ventana para recobrar en nuestra época la fuerza vital del mito, la escritora contrapone a Lot y a su mujer, el primero glorifica la muerte y la segunda da alcance espiritual a la experiencia amatoria.  Además, valdría la pena rescatar que la escritura de la autora se sitúa en el ámbito de la literatura infantil desde la cual puede exponer la intimidad del ser humano.

En estos tiempos donde la muerte nos acecha a la puerta de la esquina, en los cuales todo se desvanece y nada es eterno, deberíamos aferrarnos a la vida porque, aunque seamos perecederos, ésta es nuestra bandera. Si bien el amor puede ser entendido como otra manera de morir, para Murguía, Sodoma y la mujer de Lot, el deseo es el  impulso para vivir. O, en versos de Francisco de Quevedo en su famoso soneto “Amor constante más allá de la muerte”: “Su cuerpo dejará, no su cuidado; / Serán ceniza, más tendrá sentido; / Polvo serán, más polvo enamorado”.


Por Esteban Benjamín G. Alejandro.

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