Los colores de Charringo (galería)

De las entrañas de la Ciudad de México salió Charringo, ilustrador y diseñador gráfico que revuelve los mares de las artes visuales con su vibrante estilo, coloridos personajes y un gran manejo de la composición y el dinamismo, lo que da a sus piezas una singular sensación de ánimo y movimiento.

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El editor, el librero y la cultura

Muchas veces tendemos a criticar a los grandes consorcios editoriales con el único argumento de que éstos sólo velan por un interés económico. No niego que esto sea verdad, y tampoco que el panorama de la edición contemporánea mira más hacia una lógica de mercado, pero me gustaría hacer un breve repaso por la historia de la edición a través de dos de las figuras más representativas para la misma: el editor y el librero. Esto con el fin de hablar del papel que tienen ambos como difusores de la cultura y cómo han ayudado a que grandes obras lleguen a nuestras manos hoy en día, a la vez que hacer una reflexión sobre cuál es su papel actualmente. Continúa leyendo El editor, el librero y la cultura

Las desbordadas

De entre los recuerdos nacen las salobres pizcas.
Las desbordadas de los ojos refractados,
de los prismáticos gemelos saturados,
donde brotan memorias trocadas en partículas. Continúa leyendo Las desbordadas

Tras la lente de un enigma. Vivian Maier, la mujer y la fotógrafa (galería)

Vivian Maier fue una fotógrafa norteamericana de ascendencia francesa y austro-húngara nacida el primero de febrero de 1926 en Nueva York (a pesar de que fue en Francia donde pasó gran parte de su infancia, hasta su regreso a América en 1951) quien, al momento de su muerte, legó al mundo una colección de más de 100,000 negativos, miles de fotografías impresas, cientos de cintas de audio, video, películas caseras, entrevistas y un sinnúmero otras cosas. No se preocupen si jamás han escuchado su nombre, pues su obra permaneció oculta por años, hasta que en 2007 fuera hallada en una subasta en Chicago por John Maloof, un fotógrafo novicio quien a partir de la experiencia de tan impactante descubrimiento tomó la decisión de tornarse el heraldo de aquella enigmática mujer para mostrar al mundo la cautivante historia de la niñera que pudo haber dejado su marca en el mundo de la fotografía si tan sólo le hubiera confiado su trabajo a alguien más que al atento cuidado del polvo.

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La última y nos vamos…

Antes del poema, doy las gracias a todos los que leyeron las publicaciones de este poeta, a los que se encargaron de hacer pública mi obra: al editor, Pablo Valle; a la jefa editorial del área de creadores, Cielo de la Cruz; a Esteban G. Alejandro, a Atzín Nieto, a Rocío Rosete, a Diana Aranda Mendoza; y a los que se me hayan escapado, un disculpa y también las gracias. Gracias porque durante este tiempo me permitieron crecer como poeta. Gracias y nos vemos pronto, ya que tal vez en algún momento comparta mi trabajo en otro proyecto, o tal vez no. Ahora sí, el poema. Continúa leyendo La última y nos vamos…

Consuelos populares

No puedo aún procesar mi codependencia hacia la tecnología. El viernes pasado mientras transbordaba en el ajetreado metro Pantitlán de la línea café, Ciudad de México, me robaron mi celular. El lugar estaba más concurrido de lo común. Pese a que me había levantado más temprano no pude evitar el “gentío” que se acumula en las mañanas. Mi regla no sirvió de nada: “Entre más temprano, menos gente”. Sólo así logré darle la razón a mi holgazán vecino, quien sale temprano a media calle con una cerveza en la mano para burlarse de las personas a las que nos considera aburridas y sometidas al trabajo. “No por mucho madrugar amanece más temprano”, nos dice. Sabias palabras para la postura en la que me hallaba. Siempre me habían inculcado la contraparte: “a quien madruga, Dios lo ayuda”, pero la comencé a poner en juicio porque, al menos, ese día no había aplicado en mi vida personal. Continúa leyendo Consuelos populares

Versos y acordes: una charla con Juan Vadillo

Es una bella tarde de sábado en la librería Gandhi de Miguel Ángel de Quevedo. El sol acaricia con sus rayos cobrizos las hojas de los árboles, y la primavera se hace notar en la calidez del ambiente. Nuestra cita con Juan Vadillo será en pocos minutos. Por fortuna hemos llegado temprano al encuentro. Lo vemos cruzar la calle y es tal como lo recordamos: con su aspecto bohemio y despreocupado. Nos saluda con gran cortesía y lo invitamos a charlar acerca de su obra, el flamenco y la poesía en la cafetería del segundo piso del inmueble. Elegimos una mesa del fondo para comenzar con nuestra entrevista. Mientras verificamos que el equipo de sonido esté en buenas condiciones, ordenamos las bebidas que acompañarán nuestra conversación. Continúa leyendo Versos y acordes: una charla con Juan Vadillo

El gallo es mudo

La oscuridad estaba entrando en un profundo sueño cuando Ebrig abrió los ojos. Miró el techo de láminas por varios minutos antes de animarse a salir del catre y cuando al fin lo hizo, el chirrido común entre el ladrillo de la pata derecha y la tabla mocha del catre no sonó, su respiración, entonces, se tornó agitada. Pero ya en pie, dió dos pasos de duda hacia adelante, tres hacia atrás, espero en vano por la tormenta de chanchitas en sus pies desnudos como era usual. Lo primero que le atravesó la mente fue que era muy temprano y las cosas comunes vivas o muertas estaban durmiendo todavía… Él posiblemente lo estaba también y solo habría abierto los ojos dentro de su propio sueño. Así siguió caminando, pegándole a los tiliches donde cocinaba, mientras las tripas le recordaban lo rico que sería un desayuno, porque claro aún era de madrugada y él sentía estar en un sueño. Añoraba un pedazo de carne casi cruda y unos huevos revueltos en un plato de barro, acompañado de una taza con atole de chocolate. Se topó con la desgracia de los frijoles agrios de tres días atrás. Peor aún, no había nada más que la fuerza hastía de la cuchara golpeando la olla de los frijoles durante una ausencia de sonido cercana. No reaccionó enseguida, no se preguntó porque no reproducía sonido aquel golpe, solo salió de la casucha y se fue al gallinero. Sentía en los pies una banal y blanda masa hedionda, en la cara un viento negro moviéndose con los huizaches y en los ojos la árida tierra mezclada con la mierda de los pollos, su respiración retumbó como carrera de caballo en las orejas de las gallinas al darse cuenta que el gallo no estaba postrado en la cerca. Atemorizado por las penurias del animal en la intemperie se puso a buscarlo para que le cantara, al tiempo de que la fuerza del aire expulsado por su nariz se asimilaba a la de un toro con las orbitas desquiciadas por las ansias de coger…no percibió bullicio, ni voz, ni canto… no percibió ni el silencio y una desdicha inmensa cubrió su cabeza con toneladas de resquicios… el gallo ¿Dónde está el gallo? ¿el gallo donde está el gallo? ¿se habrá perdido? ¿los coyotes se lo comieron? ¿se habrá muerto? Se murió. Se murió. ¿Quién me va a cantar? ¿Quién me va a cantar?… crujiendo las rodillas con el suelo y tocándose el lado izquierdo del pecho, cayó. Estaba desolado ese hombre. Tirado entre los treinta minutos de oscuridad desde que se levantó del catre hasta el infortunio de que el gallo no se mostraba… Silencioso todo como antes, las horas nocturnas se redujeron a las primeras olas de luz naranja, y el gallo como héroe de salvación pasó corriendo ruidosamente a cantar sobre la cerca, Ebrig lo vio correr y no escucho nada. Nada. Pensó desolado, “el gallo enmudeció.”


Por Alejandra Villegas.