Actividades gratuitas en el Museo Memoria y Tolerancia (agosto)

El Centro Educativo Truper del Museo Memoria y Tolerancia invita a participar en los cursos gratuitos que ofrecen este mes. Continúa leyendo Actividades gratuitas en el Museo Memoria y Tolerancia (agosto)

El sexo contrario

Nada puedo entender ni sentir sino a través de la mujer.
-Ramón López Velarde.

Durante algún tiempo, la mujer vio en el hombre a alguien superior que podía ofrecerle seguridad, protección, refugio. Luego, ésta imagen se desvanece para así dar lugar a la emancipación e independización de la mujer; entonces, el hombre se transforma en aquel tirano que mantuvo subyugada a la mujer, se convierte en ese ser con retraso e inmadurez espiritual o emocional. La única diferencia entre antes y ahora no es el hecho de esta transformación, sino que ahora existe la oportunidad de decir lo que siempre se ha pensado sobre el hombre.

Según las palabras de Rosario Castellanos, destacada escritora del siglo XX, en un ensayo de militancia feminista (La mujer y su imagen) analiza éste estereotipo en términos políticos: “Se ha acusado a las mujeres de hipócritas y la acusación no es infundada. Pero la hipocresía es la respuesta que a sus opresores da el oprimido, que a los fuertes contestan los débiles, que los subordinados devuelven al amo. La hipocresía es… un reflejo condicionado de defensa –como el cambio de color en el camaleón– cuando los peligros son muchos y las opciones son pocas”.

Ciertamente, se comprenderá que, a partir de ésta transformación en la mentalidad de la mujer, se crea una crisis que amenaza con destrozar la vinculación amorosa entre ambos sexos, puesto que la unión al varón pierde su carácter sacramental y sólo se anhela ya la mera satisfacción del impulso erótico, degradado en tan sólo placeres del libido. A lo largo de la historia, puede notarse en toda la literatura femenina al menos un poema o texto referido a la subyugación que vivían. Sor Juana Inés de la Cruz, quien tuvo influencia de Carlos de Sigüenza y Góngora y que vivió la opresión de las mujeres de la Nueva Españae, escribió textos como Décimas o la Carta a Sor Filotea (dirigida en realidad al obispo de Puebla, puesto que estaba mal visto que un hombre y una mujer tuvieran una relación amistosamente epistolar) y la famosísima estrofa “Hombres necios que acusáis / a la mujer sin razón / sin ver que sois la ocasión / de lo mismo que culpáis”. Por su parte, Rosario Castellanos escribió Autorretrato y Testamento de Hécuba, con fuertes versos que pueden impactar hasta a aquellos que no simpaticen con el feminismo: “Sufro más bien por hábito, por herencia, por no / diferenciarme más de mis congéneres / que por causas concretas” (Autorretrato), “Alguien asiste mi agonía. Me hace / beber a sorbos una docilidad difícil” (Testamento de Hécuba).

Los textos de Castellanos se ven fuertemente influenciados por sus vivencias personales: en el cuento Primera Revelación puede verse claramente cuán afectada estaba por la discriminación de sus padres hacia ella por ser mujer, y la preferencia que tenían éstos por su hermano pequeño que tuvo la suerte de nacer siendo varón. Castellanos ve estos rasgos femeninos como una serie de constantes en el ideal femenino occidental a través de los siglos, los cuales se originan desde la misma cultura judeo-cristiana:

La mujer fuerte, que aparece en las Sagradas Escrituras, lo es por su pureza prenupcial, por su fidelidad al marido, por su devoción a los hijos, por su laboriosidad en la casa, por su cuidado y prudencia para administrar un patrimonio que ella no estaba capacitada para heredar y para poseer. Sus virtudes son la constancia, la lealtad, la paciencia, la castidad, la sumisión, la humildad, el recato, la abnegación, el espíritu de sacrificio, el regir todos sus actos por aquel precepto evangélico de que los últimos serán los primeros. (Mujer, p.22)

Sin embargo, ¿puede decirse que éstos preceptos siguen vigentes? Existen muchos signos histórico-sociales que parecen confirmar la existencia de una inquietante amenaza dirigida contra la esencia misma de la vinculación amorosa entre hombre y mujer.

Una vez que la emancipación fue un hecho y que la mujer ya no necesita imponerse por la violencia, van apareciendo obras literarias de plumas femeninas exentas de prejuicios, entre ellas, una de las más leídas en esa época: Jo Van Ammers-Küller, que escribe Las mujeres de Coornvelts, en la que en tres episodios distintos, perfectamente definidos, ofrece el proceso de evolución ideológica de la mujer respecto al hombre. Primero, se presenta al hombre de 1830 como el tirano del hogar, de la mujer y de los hijos, al que todos deben servir ciegamente. Después, en el segundo episodio (treinta años después), puede advertirse cómo empieza a tambalearse el trono, que se apoya en las tradiciones clericales para mantener su posición de poder. Y finalmente, en el último episodio, quizás el menos perfecto, nos muestra el cuadro de una familia emancipada que perdió el control moral. Las mujeres buscan la protección de los hombres, pero éstos, desmoralizados, no pueden ni saben dársela, y juntos se dejan llevar por el desconcierto y la marea de la vida.

Se debe tener bien en claro que la liberación femenina, no debe significar relegar de responsabilidades al hombre, ni que exista una desnaturalización ni una insensibilidad ante los sentimientos que, aunque pasen mil años, no tienen por qué dejar de ser importantes, ni de tener un rol con mayor poder o con mayor obediencia. Se trata de llegar a una equilibrio en el cual no se haga más ni menos a alguien por ser de distinto género. Cada persona tiene responsabilidades que se adquieren mediante acuerdos en común y con consentimiento.

¿Qué puede decirse? El hombre ha sido parte fundamental en la creación de una literatura femenina, es una fuente inspiradora que, bien o mal, ha influido y ocupado un lugar preponderante, y es un modo de verse inmersos en la realidad de las mujeres desde que éstas tomaron una pluma y comenzaron a escribir.