El retorno

“… el maligno secreto de la ciudad se mezcló con el de las profundidades de su corazón.”
–Thomas Mann, Muerte en Venecia.

“La mejor forma de conocer una ciudad es perderse en ella”. La cita te vino a la mente mientras observabas por primera vez, desde la ventanilla del autobús, la magnífica ciudad de Cuernavaca. La frase,que seguramente leíste en algún lado, resonaba en tu cerebro como una promesa, como una apremiante invitación a la aventura. No percibiste su velada amenaza sino hasta que fue demasiado tarde, cuando ya las cosas habían adquirido el horrible cariz de lo irremediable. Pero en aquel momento, al bajar en la estación de La Selva, te prometiste que recorrerías cada parte, cada rincón, cada una de esas encrucijadas que constantemente asomaban entre la exuberante vegetación que sitiaba a la ciudad por todas partes. Continúa leyendo El retorno

Mamita, un viaje literario por el mundo de la prostitución (reseña)

Iván Alberto Carrillo Ríos publicó su primera novela el año pasado en editorial Plumas Negras. La obra se titula Mamita, consta de 11 capítulos y un epilogo distribuidos en las 148 páginas que conforman el pequeño ejemplar. En él se narra la historia de un hombre homosexual, Nito, que por azares del destino termina convirtiéndose en mamita de 23 chicas en un club nocturno llamado Men’s club donde trabaja una de las personas que más quiere, Melissa.

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Se volverán humo

Quizá, no des la vuelta para recoger tus huellas
y tus pasos se vuelvan átomos viajeros,
en dirección firme, sobre la placa de otra idea,
y en este intento nulo, desesperado y ansioso,
lo que en ti busco, se vuelva polvo. Continúa leyendo Se volverán humo

Presentación del libro “Crónica de fauces” (evento)

Nuestros amigos de Proyecto Sirena invitan a la presentación del libro Crónica de fauces, una obra literaria, colaborativa y multiautoral que verá la luz en lo más profundo de la Ciudad de México. Continúa leyendo Presentación del libro “Crónica de fauces” (evento)

Las desbordadas

De entre los recuerdos nacen las salobres pizcas.
Las desbordadas de los ojos refractados,
de los prismáticos gemelos saturados,
donde brotan memorias trocadas en partículas. Continúa leyendo Las desbordadas

La última y nos vamos…

Antes del poema, doy las gracias a todos los que leyeron las publicaciones de este poeta, a los que se encargaron de hacer pública mi obra: al editor, Pablo Valle; a la jefa editorial del área de creadores, Cielo de la Cruz; a Esteban G. Alejandro, a Atzín Nieto, a Rocío Rosete, a Diana Aranda Mendoza; y a los que se me hayan escapado, un disculpa y también las gracias. Gracias porque durante este tiempo me permitieron crecer como poeta. Gracias y nos vemos pronto, ya que tal vez en algún momento comparta mi trabajo en otro proyecto, o tal vez no. Ahora sí, el poema. Continúa leyendo La última y nos vamos…

Versos y acordes: una charla con Juan Vadillo

Es una bella tarde de sábado en la librería Gandhi de Miguel Ángel de Quevedo. El sol acaricia con sus rayos cobrizos las hojas de los árboles, y la primavera se hace notar en la calidez del ambiente. Nuestra cita con Juan Vadillo será en pocos minutos. Por fortuna hemos llegado temprano al encuentro. Lo vemos cruzar la calle y es tal como lo recordamos: con su aspecto bohemio y despreocupado. Nos saluda con gran cortesía y lo invitamos a charlar acerca de su obra, el flamenco y la poesía en la cafetería del segundo piso del inmueble. Elegimos una mesa del fondo para comenzar con nuestra entrevista. Mientras verificamos que el equipo de sonido esté en buenas condiciones, ordenamos las bebidas que acompañarán nuestra conversación. Continúa leyendo Versos y acordes: una charla con Juan Vadillo

El gallo es mudo

La oscuridad estaba entrando en un profundo sueño cuando Ebrig abrió los ojos. Miró el techo de láminas por varios minutos antes de animarse a salir del catre y cuando al fin lo hizo, el chirrido común entre el ladrillo de la pata derecha y la tabla mocha del catre no sonó, su respiración, entonces, se tornó agitada. Pero ya en pie, dió dos pasos de duda hacia adelante, tres hacia atrás, espero en vano por la tormenta de chanchitas en sus pies desnudos como era usual. Lo primero que le atravesó la mente fue que era muy temprano y las cosas comunes vivas o muertas estaban durmiendo todavía… Él posiblemente lo estaba también y solo habría abierto los ojos dentro de su propio sueño. Así siguió caminando, pegándole a los tiliches donde cocinaba, mientras las tripas le recordaban lo rico que sería un desayuno, porque claro aún era de madrugada y él sentía estar en un sueño. Añoraba un pedazo de carne casi cruda y unos huevos revueltos en un plato de barro, acompañado de una taza con atole de chocolate. Se topó con la desgracia de los frijoles agrios de tres días atrás. Peor aún, no había nada más que la fuerza hastía de la cuchara golpeando la olla de los frijoles durante una ausencia de sonido cercana. No reaccionó enseguida, no se preguntó porque no reproducía sonido aquel golpe, solo salió de la casucha y se fue al gallinero. Sentía en los pies una banal y blanda masa hedionda, en la cara un viento negro moviéndose con los huizaches y en los ojos la árida tierra mezclada con la mierda de los pollos, su respiración retumbó como carrera de caballo en las orejas de las gallinas al darse cuenta que el gallo no estaba postrado en la cerca. Atemorizado por las penurias del animal en la intemperie se puso a buscarlo para que le cantara, al tiempo de que la fuerza del aire expulsado por su nariz se asimilaba a la de un toro con las orbitas desquiciadas por las ansias de coger…no percibió bullicio, ni voz, ni canto… no percibió ni el silencio y una desdicha inmensa cubrió su cabeza con toneladas de resquicios… el gallo ¿Dónde está el gallo? ¿el gallo donde está el gallo? ¿se habrá perdido? ¿los coyotes se lo comieron? ¿se habrá muerto? Se murió. Se murió. ¿Quién me va a cantar? ¿Quién me va a cantar?… crujiendo las rodillas con el suelo y tocándose el lado izquierdo del pecho, cayó. Estaba desolado ese hombre. Tirado entre los treinta minutos de oscuridad desde que se levantó del catre hasta el infortunio de que el gallo no se mostraba… Silencioso todo como antes, las horas nocturnas se redujeron a las primeras olas de luz naranja, y el gallo como héroe de salvación pasó corriendo ruidosamente a cantar sobre la cerca, Ebrig lo vio correr y no escucho nada. Nada. Pensó desolado, “el gallo enmudeció.”


Por Alejandra Villegas.